Star Wars: La devoción que amenza

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 Yo creo que Star Wars es una película muy sencilla. Elemental en su planteamiento y sumaria en su puesta en escena, quiero decir. Sin embargo, su éxito superlativo no radica ahí. Como siempre sucede con las buenas películas, lo mejor siempre está en lo que no se muestra y se escamotea deliberadamente. El espectador debe siempre completar los espacios en blanco y cuando una historia consigue atraer su atención, nuestras emociones hacen el resto. Obi Wan Kenobi le cuenta a Luke -y de paso a la audiencia- sobre unas guerras clónicas que no conocemos, sobre unos caballeros jedi que ya no existen; el mundo galáctico no solo es un grandioso espacio sideral plagado de sonidos improbables sino también un desierto polvoriento en donde todo luce sucio y desfasado.  Nos imaginamos un pasado en donde hubo un motivo por el cual los rebeldes se sublevan ahora frente a la tiranía del Imperio. La galaxia está en pie de lucha, no sabemos desde cuándo ni por qué, pero así es. El espectador llega a la mitad de la obra. Solo le queda imaginar. Eso fue lo mejor de la película original de 1977.

La primera vez que vi esa película fue a mediados de 1987. Yo tenía ocho años, estaba en segundo año de primaria y vi que un compañero de colegio había traído una lonchera de metal en donde estaban repujadas las imágenes  R2D2 y C3PO en vivos colores.  Debí asociar ideas con algunos comentarios de otros compañeros que ya venían de tiempo. El caso es que algunos días después, un domingo después de volver de la iglesia, alquilé una copia de La guerra de las galaxias (así en castellano, como siempre la conocí y la nombré) en un casete de Betamax  y vi la película completa de un tirón en la pantalla del  viejo Sony Trinitron que sojuzgó mi infancia durante muchos años.

Aunque ya había descubierto lo fascinante que la ficción podía ser a través del cine, fue Star Wars la que me hizo entender un poco  más acerca de la importancia de que una historia esté bien contada. El enganche fue inmediato y conocí la ansiedad en el mismo instante en que supe que la historia no terminaba ahí: aún faltaban dos películas más. Por supuesto, encontré El imperio contraataca y El regreso del jedi en la misma tienda que alquilaba los videos cerca a mi casa y mi pase al lado oscuro fue completo. Las películas se volvieron para mí en puntos referenciales y motivos de apasionadas discusiones, pero sobre todo en una obsesión galopante. Recuerdo que de niño me llegué a memorizar a todos los personajes, las naves y criaturas de las películas. No era el único: en el patio del colegio muchos compañeros se arremolinaban alrededor de los niños más pudientes que solían traer de vez en cuando los juguetes oficiales. Recuerdo que una vez me prestaron para que sujete por unos segundos un enorme y soberbio X-wing. En otra oportunidad tuve entre mis manos algunas de las figuras de acción clásicas Kenner que hoy son casi invaluables. En fin. Las películas de Star Wars eran en sí mismas un catálogo infinito de información estimable que se reproducía en las cajas de los juguetes, sus manuales y en revistas extranjeras que alguien traía al colegio. Toda esa información era demasiado valiosa para los niños que fuimos y algunos amigos nos encargábamos de intercambiarla verbalmente todo el tiempo. Parecía una estampa sacada de Fahrenheit 451. Si acaso había libros ilustrados de gran formato en esa época, el acceso a ellos, definitivamente no estaba al alcance de los niños clasemedieros de finales de los ochenta. Las repeticiones televisivas eran momentos sagrados y yo estaba convencido que cada año su visión debía ser obligatoria. Me acostumbré al primer doblaje castellano y recuerdo parlamentos completos que el nuevo doblaje ha modificado y me sorprendí en algún momento al escuchar por primera vez las voces originales de los actores. A pesar de que nunca me convertí en un fanático, digamos,  militante (jamás asistí a ninguna convención ni me disfracé para algún evento); siempre sentí que mi gusto por la trilogía original de George Lucas era genuino. Lo más expansivo que llegué a hacer alguna vez fue leerme las versiones novelizadas de las películas originales que se editaron bajo el sello de Oveja Negra. La historia me fascinó más aún y terminé convenciéndome, ingenuo niño al final, de que toda la información que tenía en mi cabeza –Tatooine, banthas, tauntaun, AT- AT– era realmente valiosa.

 

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Con los años todo cambió. No un fue un cambio gradual, por supuesto. Todo empezó en algún momento antes de 1997 en que volví a ver las películas y sentí que algo ya no estaba tan bien. Sonará pretencioso pero me parecía que las películas habían envejecido. No es que fuera algo malo: algunas películas se resienten con el paso del tiempo; hay otras que nunca envejecen y, como en esos años me había aficionado a las películas de Scorsese, Coppola y Woody Allen, era natural que las películas de Star Wars empezaran a mostrar más notoriamente sus filones menos inspirados. Lo más dramático, sin embargo, ocurrió en el momento en que casi me vuelvo inconverso y renegado: fue el momento en el que George Lucas decidió, en algún arrebato de necedad hasta hoy inexplicable, modificar las películas originales con los famosos cambios que hoy todos ya conocen, lamentablemente. El amigo Marco Sifuentes lo explica mejor que yo aquí. Todo empeoró con las precuelas, que tengo que admitir, me despertaron cierto entusiasmo al comienzo como idea original, pero con cada película que me di el trabajo de ir a ver al cine, la decepción era mayor. El gran error de George Lucas, entre muchos, fue contravenir la regla que había sido el pilar del éxito de la película original: Lucas decidió mostrarlo todo, absolutamente todo. Y claro, fracasó clamorosamente.

Desde entonces he vuelto a ver las películas otras veces más solo para seguir renegando de los nuevos cambios en las ediciones en DVD y en Blu-ray. Con cada nueva visión, compartí con todo el que me quería escuchar mi desazón frente a las películas de George Lucas; denostaba de mi primer gusto infantil por La guerra de la galaxias y me burlaba de los que aún consideran a las películas fetiches de culto. Me hubiera convertido en un completo renegado y un apóstata sin remedio de no haber sido por la Fuerza desatada de J.J. Abrams.

 

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La noticia de la compra de Lucasfilm por parte de Disney en el 2012 fue un viento fresco que de verás no vi venir. Escuché a muchas personas decir que la idea de hacer tres películas más era una descarada movida comercial para aprovecharse del éxito de la saga. Pude estar de acuerdo, pero felizmente el anuncio de que J.J. Abrams dirigiría el entonces conocido como “episodio VII” no solo me tranquilizó, sino que de veras me entusiasmó. Abrams es uno de los directores más competentes de su generación. No es un reciclador como lo fue en su mejor momento George Lucas, su gran mérito es el de ser un cinéfilo y comprender que el cine es un entretenimiento en sí mismo en donde lo mejor que se puede hacer es tener una buena historia y contarla con las mejores herramientas posibles. Reconocer eso en el creador de Lost y el director de Super 8 y las nuevas  películas de Star Trek es algo que definitivamente elevó las expectativas y eso fue algo que mucha gente alrededor del mundo comprendió de inmediato. Que no se confunda nadie. Tantos fanáticos alrededor del mundo, no están equivocados. Por eso, lo mejor de El despertar de la Fuerza es, cómo no, la vuelta a los orígenes, la frescura y la desfachatez fantasiosa, el radicalismo de ese subgénero conocido como space opera, la historia del héroe que descubre su destino y los toques de, llamémoslo así, una modernidad narrativa que acerca la película a los espectadores de hoy. Nada sobra en esta película de la que el año pasado se habló lo suficiente y de la que pueden encontrar la reseña más formal aquí y la más militante por acá.

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Hoy, gracias a un coqueto juego de palabras en inglés, es el Día de Star Wars. Y también es el día en que recuerdo como volví al redil de una franquicia que también pasó por una reconversión en donde la sencillez es la clave de la genialidad.

 

BONUS 1:

La encantadora Daisy Ridley saluda a todo el mundo desde la filmación del episodio VIII:

 

BONUS 2:

La encantadora Rey imaginada por la lúbrica paleta de Milo Manara:

Rey por Milo Manara

Rey por Milo Manara

 

#MayThe4thBeWithYou

 

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John Oliver contra la industria del tabaco

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Me encanta lo que está haciendo John Oliver en HBO. Ya en Community era fácil advertir que el humorista británico tenía el espíritu y el porte de los mejores. Pero lo que sucede todos los domingos en Last Weekend Tonight es francamente histórico. El rigor y la precisión de los informes de cada semana son una delicia. John Oliver se limita a contar a la audiencia una historia real. El talento hace el resto.

 

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Chespirito para devotos y descreídos

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Tengo la sospecha de que en los  ochentas veíamos El Chavo del 8 no tanto porque quisiéramos sino porque no había nada más que ver en esos tiempos ya remotos. ¿Fue la falta de opciones lo que lanzó a la cima de la popularidad? No voy a ser injusto ni mezquino con Chespirito, no tanto porque no sea el momento, sino que, después de pensarlo mucho en las últimas horas, me he dado cuenta que hay algunas cosas que bien valen la pena destacar y que parece que no se notan lo suficiente.

Así que este post intentará ser complaciente con los dolidos y melindrosos fans y al mismo tiempo algo desapegado y analítico para ir a tono con los críticos acérrimos de Roberto Gómez Bolaños. Todo está fríamente calculado.

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Nunca desfrute realmente de los programas de Chespirito, en serio. Vaya que lo intenté. De niño veía a mis padres reírse a carcajadas con las ocurrencias del Chavo y por un tiempo intentaba encontrarle la gracia y nada; por ahí uno que otro chispazo, pero nada más. Siempre que podía cambiaba de canal, buscaba alguna serie enlatada gringa o dibujos animados. En la niñez, el Chavo no acompañó mis tardes, ni mis lonches, ni fue parte galopante y decisiva de mi infancia. Como suele suceder en estos casos, todo lo que terminé aprendiendo de él, lo recibí a través de lo que decían en el colegio, en los diarios o en otros programas de televisión. Así terminé asimilando pasivamente frases, personajes, gestos, canciones y escenas enteras. No había escapatoria. A Chespirito lo veías aún si no querías verlo. Tampoco es que le diera demasiada importancia al asunto. Simplemente de niño me gustaban otras cosas. Así de sencillo.

Ya de grande las cosas no fueron muy distintas. Otra vez intentaba ver los programas de Chespirito porque, aparentemente, todo el mundo lo seguía viendo. Mi impresión era la misma, pero ahora ya estaba seguro de varias cosas o por lo menos tenía mis dudas bien definidas.

Por ejemplo, nunca entendí porque siempre se repetían a lo largo de las décadas los mismos guiones, calcando cada parlamento en diferentes capítulos transmitidos durante años. Lo mismo que dijo Kiko antes, ahora lo decía Ñoño o Godinez, y esa frase que antes pronunciaba Don Ramón ahora la repetía la biscabuela o Jaimito, el cartero;  capítulos enteros del Chavo eran reproducidos al calco por los ahora regenerados caquitos en el hotel de don Cecilio. Me sublevaba eso, era un fastidio que no se iba. El disfrute me era negado de nuevo.

Pero lo que me parecía más insufrible del programa del Chavo y de los personajes de Roberto Gómez Bolaños en general, eran los momentos tiernos, sensibleros, almibarados para la gran audiencia. Supongo que eso ya es culpa mía, pero ni modo. Prefería mil veces que los caquitos hubieran seguido robando, o al menos que lo intentaran con torpeza, para ser capturados. Los caquitos redimidos ya no tenían razón de ser. Cuando Chespirito se volvía aleccionador y constructivo, sabía que me estaba perdiendo algo bueno en otro canal. Insisto, el del problema soy yo.

Tampoco me gustaba la broma sencilla, el humor blanco, liviano hasta ser vacío. Cantiflas demostró en sus momentos más gloriosos que la mejor herramienta para el humor en nuestro idioma, era precisamente nuestra lengua. Chespirito se quedaba con el chiste físico y los guiños, por no decir calcos, a Peter Sellers, Jerry Lewis, Groucho o al primer Woody Allen. De ahí no pasaba.

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Antes de que el lector me descalabre los cachetes, me toca ahora reconocer varias cosas. La más obvia, para empezar, es el innegable el talento de Chespirito como guionista y compositor. Su popularidad totalizadora y casi unánime tiene que significar algo. Lograr que tantisisísima gente te quiera debe ser abrumador, pero supongo que también es un gran mérito.

Tal vez Chespirito era un genio, pero uno de esos genios encorsetados que no podían ir más allá de lo que el ojo que todo lo ve de Televisa se lo permitiera. Tengo la impresión de que entre tanta melcocha, había momentos inexplicablemente notables.

En mi opinión, lo mejor que hizo Chespirito en toda su vida fue un episodio del Chapulín Colorado titulado “No se vale mano negra”. Lo volví a ver ahora después de muchos años y es uno de esos recuerdos que se quedan ahí, latiendo en toda tu sensibilidad. La trama del capítulo es delirante hasta la maravilla: Gracias a una torpeza habitual, el Chapulín pierde la mano debido una explosión de dinamita y el médico no tiene más remedio que trasplantarle una mano de bailarina. Lo que sucede después es tan perturbador que durante años no pude pensar en otra cosa. Nada mejor que ese momento grotesco en donde el injerto tiene vida propia y hace movimientos delicados y femeninos ante el pavor y la repulsión del Chapulín, que, más noble que una lechuga, pero machazo al fin y al cabo, no podía admitir la posibilidad de ser “mitad hombre, mitad mujer”, como le adelanta la enfermera, interpretada por Florinda Meza. Siempre creí que el injerto de mano de bailarina del Chapulín era lo menos apropiado para un programa infantil. Era como una versión Cronemberg de Chespirito para el lonche de la tarde.

También salvo de la picota al primer capítulo del Chavo del 8, el más gamberro y menos hipócrita, y tal vez por eso el mejor. Ese episodio del ropavejero, en donde el Chavo llora a grito pelado y en donde no hay nada puro ni cristalino. Ese Chavo era la crítica social que siempre fue, pero también era un pequeño anarquista, un pícaro sucio e irredento. Todos los demás capítulos del Chavo van cuesta abajo, el almíbar empieza a mitigar la inicial acidez hasta sofocarla. Si no  me creen, comparen ese enajenado y brutal primer capítulo con el último.

También tenía gracia Los chifladitos. Sus protagonistas padecían trastornos de la personalidad de juguete, si hasta la Chiripiorca era un síndrome de Tourette apto para todos. Parece incluso que era lo más natural que le salía Chespirito. Se sentía más cómodo con la desorganización intelectual, la falta de lucidez y la condición mental enajenada en donde la realidad era tan inexacta que un mundo propio y peculiar era más estimable. De ese mundo podía surgir un discurso subversivo y de notable incorrección como este (a partir del minuto 2:50):

Es una lástima que, en general, estos momentos siempre fueron mínimos. Los arrebatos de atrevimiento debieron ser engavetados antes del visto bueno de Televisa. Lo más usual era la medianía, el chiste fácil y la repetición hasta el hartazgo. Alguna vez Chespirito dijo que sus programas no eran dirigidos a los niños necesariamente. Lo que hace más reprochable su palidez creativa ochentera. Pero, con todo, millones de personas lo veían cada semana. Por algo será.

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Hildebrandt sobre Chespirito

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Un poco de contexto: Eran los primeros días de junio del 2008 y Chespirito iba a llegar al Perú para presentar una obra de teatro y ser homenajeado por todos lados. Taimado como él solo, Alan García, decide invitarlo a Palacio de Gobierno para rendirle un homenaje y, naturalmente, aprovechar políticamente la ocasión tanto como fuera posible. Es así como Hildebrandt se manda con una columna en La primera en donde, simplemente, lo destruye todo.

Si nunca la leyeron, aquí se las dejo completa:

No estaba prevista esa cortesía protocolar pero la oficina de prensa del doctor García la ha demandado pensando, quizás, en los puntos de popularidad que el presidente del Perú puede subir codeándose con personaje tan multitudinario. La mano de Carlos Espá, el asesor de imagen más importante del doctor García, puede estar detrás de tal astucia. Ojalá la cultura proporcionara alguna renta electoral: quizás así se habría logrado que Alejandro Romualdo obtuviese la pensión digna que muchos reclamamos para sus últimos meses.

En todo caso, Gómez Bolaños llegará a Lima por todo lo alto y volverá a demostrar que en esta ciudad es también un héroe del humor latinoamericano. Y es que las mayorías absolutas, en plebiscito de carcajadas, adoran al Chavo y veneran al Chapulín. Este columnista los detesta. Y está demás decir que este columnista se siente muchas veces un previsible militante de las escuálidas minorías.

Si tuviera que explicárselo a un niño que no lo hubiese visto le diría que el Chavo es, desde esta perspectiva antipática, un niño idiota y vagamente huérfano que vive en un barril. El barril –añadiría– domicilia en un callejón donde, catalizados por el Chavo, se gritan y pegan, se malquieren y malentienden, un sinvergüenza y su hija cretina y una hipotética viuda y su hijo imbécil; callejón al que, eventualmente, acuden un rentista gordo que también es estúpido y un profesor cursi que es el más tarado del elenco. Como se ve, el chiste consiste en apostar por la memez colectiva en el caso de los adultos y por el abierto cretinismo de los niños, que compiten por el trofeo al daño cerebral más agudo.

Por eso es que el Chavo es una serie que siempre vieron más adultos que niños. Y conozco, de hecho, casos en los que algunos niños se han negado a sumarse a la ceremonia de ver y aplaudir ese programa que los caricaturiza y los agravia.

Es significativo que en el mundo latinoamericano que México colonizó con su habitual mal gusto de masas la serie haya sido un éxito clamoroso, lo que no ha sucedido, por ejemplo, en la parte sudamericana que mira al Atlántico –Buenos Aires, Montevideo, por ejemplo–. Y es curioso que en el humor anglosajón los niños sean más bien, y por lo general, precocidades avispadas que dominan la escena.

¿No será que en el México grande que el Perú integra nos place maltratar a los niños hasta en la ficción televisiva? Es una pregunta que no aspiro a responder pero que dejo allí porque creo que es legítima.

Pero lo peor del Chavo no es la unanimidad de sus niños fronterizos sino el conformismo social que propaga. La serie se transmitió 25 años y en ese cuarto de siglo nada cambió en el solar. El mensaje resultaba de lo más conveniente para el archipodrido PRI y para Televisa, su parásito comunicacional más obeso. Entre los saqueadores de México y los fabricantes de la bazofia sentimental “más cautivante de América” (o sea Televisa) siempre hubo un pacto de provechos mutuos. Parte de ese comercio ilícito fueron las telenovelas que le enseñaron a América Latina a pensar en cursi y a hablar en spam, Raúl Velasco y sus amarres faranduleros, y Chespirito y sus narcóticos con risas grabadas.

De modo que el Chavo del 8 ni siquiera puede decir que es inocente. En cuanto al Chapulín Colorado, es posible que el doctor García ame a ese personaje por su imaginaria cercanía. Al fin y al cabo, el Chapulín siempre se plantea tareas enormes, metas inalcanzables, salvaciones temerarias. Chapulín es, básicamente, un impostor, un demagogo, un superhéroe de pura labia al que las cosas no le salen. Y, además, sostiene siempre que, más allá del desenlace de la historia, él ya se ganó con eso de que no contaron con su astucia. De modo que cuando el doctor García salude al Chapulín deberá rendirle el homenaje correspondiente. Otra cosa sería ingratitud.

Eso es todo lo que quería recordar hoy.

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Todos queremos a Scarlett Johansson

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Scarlett Johansson todavía esté en la plenitud de su belleza y popularidad. Se me ocurre pensar que aquello que la hace tan cercana al gran público es sin duda su esplendorosa humanidad contenida en un cuerpo tan pequeño, lo que la acerca a la categoría de girl next door antes de ciertamente ser una intocable princesa de hielo como Naomi Watts, por ejemplo. En tiempos en que las actrices jubilan sus encantos tan rápido que hasta ya buscamos a la sucesora de Jennifer Lawrence, la belleza de Scarlett todavía está vigente.

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Christopher Nolan: Una odisea más allá del espacio.

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Christopher Nolan debe ser el cineasta que más expectativa genera con cada película que hace. Cada tráiler de su producción más reciente es siempre un pequeño deleite que genera muchas discusiones hasta poco antes del estreno. Eso es quizá lo mejor que se puede esperar, ya que, de un tiempo a esta parte, los comentarios posteriores al estreno de sus admiradores más rendidos  son indudablemente unánimes y monocordes. Lo sé porque yo también soy un fan irredento del cine de Nolan.

Por eso estaba un poco preocupado por Interstellar. A decir verdad, lo estaba ya desde el estreno de El caballero de la noche. Lo que pensé allá en el 2008 era muy simple: “Ahora, ¿qué más va a dirigir este señor?” La semana pasada, al salir del cine luego de ver Interstellar, volví a pensar lo mismo.

I

Por supuesto que me encantó Interstellar. Es un espectáculo grandioso. Nolan entiende mejor que nadie el sentido del cine como un gran show de escapismo. Y absolutamente nada es más importante que eso. Sus películas siguen siendo imán de taquilla porque el director comprende a la perfección la esencia del cine en sí mismo. Por eso, cada escena en la Tierra y en el espacio sideral tiene la magnitud de un choque potente que te descorazona sin piedad y eso se agradece. La música de Hans Zimmer se engrana con perfección al montaje trepidante que, como siempre, no tiene piedad del espectador lego que tendrá que completar los espacios en blanco que el director deja a voluntad; los efectos especiales miran al espacio y a sus dimensiones, científicas o no, con respeto y cierto realismo que permite que la ficción conmueva. El director se revela ya como un notable director de actores; su reparto luminoso, oscarizado y oscarizable, siempre se esfuerza por mostrar un filo más naturalista que convierte a sus personajes en seres memorables y más complejos que el promedio. En Interstellar vuelven a aparecer esas jugarretas narrativas que tanto entusiasman a su director y ciertamente a sus fans. Están las elipsis que esconden datos que el espectador jamás sabrá pero que intuye bien, como las causas del desastre que tiene al mundo sometido a las tormentas de polvo, así como la misteriosa intervención de “ellos” que salvan al protagonista y a toda la humanidad. Estás elipsis son también datos extras que expanden la significación, como intuir el pasado que apenas atisbamos del personaje de Robin Williams en Insomnia, o conocer que los militares usaban los sueños compartidos para el entrenamiento de sus soldados en Inception. La ciencia juega un papel importante en buena parte de la filmografía de Nolan, y a él le encantan los discursos técnicos y científicamente didácticos: allí está como muestra la cháchara astronómica explicando la seriedad de la cercanía de un planeta a un agujero negro, lo cual no es muy diferente a apreciar la explicación de los mecanismos del mundo onírico en Inception o percibir que Batman es por momentos más científico que detective o recibir un voltaje geek con la gloriosa aparición de Nikolai Tesla (un arrollador David Bowie) en El gran truco.

A Nolan le creemos todo, es el mejor de todos los embaucadores de su generación–esa clase de artistas al que le crees sus mentiras–. Su cine a estas alturas ya pasó al acto del prestige y sabemos que allí en la oscuridad de la sala veremos algo especial que no esperamos, algo que de veras va a sorprendernos. Sí, Nolan lo hizo de nuevo, nos embarcó a todos en una aventura gozosa de pretensiones humanistas con delirios tecnológicos y cósmicos que aspiran a la trascendencia.

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Bueno, no exactamente.

II

Les dije al comienzo que estaba preocupado porque en serio necesitamos buenos cineastas. El cine norteamericano es un páramo estéril como el planeta moribundo de la película y necesitamos buenos artesanos que nos transporten tan lejos como la ficción nos pueda llevar. Hay demasiada realidad que dejar atrás y no podemos darnos el lujo de perder un arte tan joven que a veces parece haberse quedado sin ideas. Felizmente, mientras más lo pensaba después de ver Interstellar, al final se disiparon todas mis inquietudes. No todo es tan desolador. Hay una saludable generación de recambio en gente como Paul Thomas Anderson, Alexander Payne o David Fincher por mencionar a algunos autores que ven el cine con anhelos mayores. Su cine será referencia de los tiempos que vendrán, qué duda cabe. ¿Y Nolan? Yo creo que él es otra clase de director, no solo un hábil embaucador, sino también un eficiente artesano. El cine de Nolan está más emparentado al de Paul Greengrass o Michael Mann y eso es fácil de notar en sus fastuosas puestas en escena. Nolan no es un cineasta alimentado por la cinefilia, como Scorsese, ni un maniático demiurgo como Coppola, ni un exorcista personal como Allen, ni un reciclador como Tarantino o Burton. El buen Christopher Nolan es un director de la forma, del virtuosismo y del espectáculo glorioso. No pretende ser un autor como Lynch o Cronemberg; es un eficiente formalista al que incluso diría que le falta aún su obra maestra, su película más acabada y definitiva.

El problema de Nolan no es Nolan, somos nosotros. Es decir, los fans que en los dos años que pasan entre el estreno de sus películas nos dedicamos a ponerlo en la cima de un Olimpo al que él nunca aspiraría. Cada película nueva de Nolan viene acompañada de disquisiciones frikis muy seductoras pero que solo trasladan a su director a un lugar equívoco. Creo que es como si en los años cincuenta alguien hubiera puesto en el mismo espacio a la prodigiosa virtud técnica de El Manto Sagrado de Henry Koster junto a la arrolladora genialidad de Sunset Boulevard de Billy Wilder.

¿Es Christopher Nolan un director pretencioso? Yo creo que no. Al menos, no en un sentido negativo. Yo no creo que él sea más solemne de lo que muchos le endilgan. Definitivamente no basta con dejar que Hans Zimmer componga la banda sonora para decir que tu cine tiene aires de grandeza. En las entrevistas que da, Nolan siempre define sus películas desde espacios muy pomposos, pero no es diferente a lo que otros directores mencionan de sus trabajos, por más olvidables que sean. Todos creerán siempre que sus hijos son los mejores y que llegarán más lejos que nadie. Además hay tres cuestiones que a estas alturas ya es sencillo definir con claridad: ¿Es Nolan un director obsesivo? A ver, el día que se demore cuatro años en un rodaje planificado para nueve semanas y tenga que vender su alma a todos los diablos para estrenar su película como lo hizo Hughes, Coppola o Kubrick, entonces y solo entonces podremos decir que Nolan es un director obsesivo. ¿Se pueden rastrear temas recurrentes en su todavía breve filmografía? No me vengan con eso de la memoria, los sueños y lo “psicológico” de sus películas, en serio. Solo el visionario ejecutivo de la Warner que debió proponer su nombre para dirigir Batman inicia se dio cuenta que lo mejor de Nolan no era el discurso sino lo especialmente novedoso y fascinante de su estilo. ¿Tiene deudas cinéfilas pendientes en su obra? Nolan, consciente o no de ello, no quiere parecerse a nadie; por eso quizá su cine fascina por su aparente luminosidad, pero los fuegos de artificio no son nuevos. Nolan quiere ser, y de eso no me cabe duda, el cineasta de la posmodernidad, el hombre de los discursos al que aún, insisto, le falta el trabajo definitivo. Quiere ser Hemingway en un mundo donde sus fans creen que es Joyce. Aunque sería injusto decir que en su cine no hay un filo fresco y renovador. Formalista como es, Nolan es lo suficiente arriesgado como para coger una pesada cámara Imax y filmar con ella una película de Batman. Parece más bien que él es el que está dejando precedentes.

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Nolan no es pretencioso, pero sus fans, vaya que sí lo somos.

III

No sé qué es lo que hará Christopher Nolan en el futuro. Quizá lo mejor de su cine es que se está haciendo imprevisible. Si después de ver Memento alguien me hubiera dicho que Nolan iba a estar a cargo de la dirección de tres películas de Batman, simplemente no lo hubiese creído. Recuerdo mi incomodidad particular que tuve al conocer que una de sus películas se llamaría Insomnia y pensé que era muy tonto ponerle un título así a tu película si antes dirigiste una llamada Memento. Creía por entonces que Nolan correría la misma suerte de M. Night Shyamalan. En fin, todo cambió, creo que al igual que para muchos, cuando se estrenó El caballero de la noche. Creo que si el buen Nolan se decide a sentarse a escribir, con su hermano o no, esa película decisiva, definitivamente podría dar el gran salto. Tengo un particular entusiasmo por ver otro guion adaptado a su particular entendimiento del cine como expresión totalizante; me encantaría que dirija una película histórica o un drama minimalista basado en un hecho real, me gustaría que suelte por un momento el rollo científico-técnico y cambie radicalmente de género. Dudo que los estudios se lo permitan, Nolan es hoy el amo del calabozo, ídolo de todos los nerds que lo admiramos; sus películas son ya objetos de colección que se diseccionan y se vuelven a ensamblar en ensayos, infografías, memes y frases que forman parte del vocabulario tanto friki como cotidiano. Su cine es un evento de Comic Con pero con el prestigio del espectáculo de masas que se hace acreedor a varias nominaciones y premios. No está nada mal, sin duda. Tenemos por lo menos dos años para seguir entusiasmados hasta el estreno de su próxima película.

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El papa Francisco y el (doble) discurso ecuménico

El papa Francisco, el pontífice más prendido de todos, ha dicho en un video publicado hace un par de días que los cristianos deben estar unidos, todos sin excepción. Dirigiéndose a través de una grabación hecha con un celular a una congregación pentecostal, el papa afirma:

“Yo rezo por ustedes, lo hago. Y recemos para que el Señor nos una a todos. Y adelante, somos hermanos, hagamos espiritualmente este abrazo y dejemos que el Señor termine la obra que ha comenzado. El milagro de la unidad lo ha comenzado Él, y Él lo completará”

El ecumenismo no es nuevo, de hecho es algo que tiene ya el valor de una consigna que El Vaticano suele repetir siempre que puede. De hecho, hace un mes, el papa se reunió en Roma con algunos miembros de la comunidad judía argentina. El buen Francisco calificó la reunión de “histórica” e “inolvidable”.

Papa y Rabinos

Hasta ahí todo bien, pero mi problema con el papa chévere es que no entiendo como todo es tan bonito cuando lo dice pero no tan agradable cuando vas a la fuente. Y es que el Catecismo de la Iglesia Católica dice algo, digamos, un poco distinto al afirmar sin ambages que “fuera de la Iglesia (Católica) no hay salvación” (Catecismo 846). ¿No es este un pequeño inconveniente para judíos y protestantes? Esto se pone más problemático cuando recuerdas que El Vaticano considera herejes a aquellos cristianos bautizados que niegan con fervor alguna verdad católica y apóstatas a todos los que rechazan la fe cristiana. Vamos, eso incluye a todos los judíos y musulmanes.

Claro, como todo tiene solución, viene ahora a poner paños fríos el padre Luis Gaspar quien el sábado pasado en Diálogos de Fe por RPP dijo lo siguiente (a partir del minuto 19:24):

Es gracioso como mencionan también a los musulmanes. A pesar de que en el documento Nostra Aetate del Concilio Vaticano II se saluda a los musulmanes y se los mira con agrado y respeto  por adorar al mismo Dios, también se les recuerda que no reconocen a Jesús como Dios; algo que, por cierto, también se lo recuerdan a los judíos en el Catecismo donde concluyen que estos se encuentran a la espera de la venida del Mesías acompañada del drama de la ignorancia o del rechazo de Cristo Jesús (Catecismo 840).

Si le dan una revisada a los párrafos que dedica el  Catecismo a la relación de El Vaticano con las otras religiones, notarán como se usa con frecuencia el condicional: “podrían salvarse”, “pueden alcanzar la gracia”, “designios de salvación”. Un ojo imparcial además verá muchos discursos contrapuestos en un sinnúmero de documentos que a lo largo de cientos de años El Vaticano ha emitido al respecto. No sé, será que siempre he sido un poco suspicaz y como que los dobles discursos siempre incomodan un poquito. A ver si el papa Francisco que anda en plan de ordenar una casa tan grande y complicada se da un tiempo para buscar algo de coherencia o al menos, para disimularla mejor.

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La princesita que Shirley Temple no siempre fue

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Se fue Shirley Temple, llena de días y en el buen recuerdo de sus muchos fanáticos. Estoy casi seguro que hace un par de décadas por algún canal local se emitió un ciclo de películas de Shirley Temple, y creo que recuerdo con amabilidad “Heidi” y “Nuestra pequeña”. Nunca fue de mis actrices especialmente favoritas. Me gusta más la Judy Garland de esos tiempos y Chloë Grace Moretz en los tiempos actuales. Tampoco es que la Fox tuviera que esforzarse demasiado por sacar lo mejor de ella. Sus películas, mezcla del melodrama más elemental y de la comedia menos exigente, eran un imán para la taquilla y así lo fue durante casi cinco años. El éxito no solo se reflejaba en sus películas sino también en los discos, muñecas y todo el respectivo merchandising alrededor de ella. Dicen que su capacidad para bailar tap era prodigiosa para su edad, lo que era notorio en muchas de sus películas, especialmente al lado de Bill “Bojangles” Robinson (un chisme malévolo cuenta que en muchos estados del sur algunas de las escenas de Shirley Temple tomada de la mano con el actor fueron censuradas: no era bien visto que un adulto negro tome de la mano a una pequeña niña blanca).

El glamour terminó antes que Shirley Temple cumpliera los quince años. La magia se fue y a partir de ahí se convirtió en la Norman Desmond de los niños estrella. A los veinte, fue parte del elenco de la monumental “Fuerte Apache”, pero hubo prácticamente nada más.

Una pena porque Shirley Temple dejó de ser una niña para convertirse en una mujer muy bella. Pero los tiempos ya no eran los mismos. En esa época el star system era más riguroso y ella no podía salir de donde el público ya la tenía encajonada. De esos tiempos, solo nos quedan sus fotos pasada la adolescencia, donde muestra un esplendor galopante.

El resto de la vida de Shirley Temple, convertida en halcón republicano a favor de la guerra de Vietnam y burlándose de los comunistas derrotados en Checoslovaquia es, digamos, menos digno de recordar. Por lo menos hoy.

BONUS:

Las mejores de fotos de Shirley Temple lejos de la niñez:

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Viernes de countryballs

De todos los countryballs que he visto hasta ahora, este es el mejor.

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“El lobo de Wall Street” y el autolavado de la moral de Scorsese

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No le falta razón a Ricardo Bedoya cuando dice que “El lobo de Wall Street”, la última película de Martin Scorsese, extiende hasta las tres horas de duración el fragmento de la jornada paranoica de Henry Hill, “perseguido” por un helicóptero, en “Buenos muchachos”. Con esta nueva película es casi imposible reconocer al director de la nostálgica y comedida “Hugo” con el hombre que acaba de dirigir este torbellino de pulsiones que es “El lobo de Wall Street”; lo mejor de esta película son esas ganas de abarcarlo todo. Desde la primera escena de la cinta el exceso nos agobia hasta que terminamos rendidos y cómplices ante la simpatía del buen Jordan Belfort, que lo único que quiere es ser rico a cualquier precio. Claro, todo ello narrado con ese brío que ya conocemos pero que al final termina siendo otro momento irrepetible que los admiradores de Scorsese agradecemos siempre. Se nota en cada plano de la película una entera libertad para ceder ante ese estilo tan propio del director neoyorquino y de sus habituales colaboradores.

Porque lo que ha hecho Scorsese es contarnos un fragmento más de la gran historia de EEUU y sus miserias más galopantes, esa sociedad que es en realidad la base de todo lo que nos rodea, nos domina y también nos seduce. Además, nos lo cuenta de la manera que mejor conoce: con las herramientas formales y los valores de producción que llevan a los espectadores a convertirse en atentos feligreses, como los agentes de bolsa que miran embobados al lobo-alfa de Belford en cada uno de sus pletóricos discursos.

No son pocos los que insisten en que esta cinta se parece demasiado a “Buenos muchachos”. Por supuesto que sí, pero piénsenlo bien: TODAS las películas de Scorsese se parecen en mayor o menor medida a “Buenos muchachos” (excepto quizá “La isla siniestra”, la película más impersonal de Scorsese) y eso es porque los grandes temas del director –y la forma como nos los presenta– son motivos recurrentes, obsesiones que machacan la mente en forma continua. Los guionistas que armaron esta historia lo sabían muy bien y crearon un material inmejorable para la mirada demoledora del director de “Casino”.

No deja de ser pertinente recordar que el cine de Scorsese, que alguna vez quiso ser cura, está plagado de referencias cristianas, personajes mesiánicos e historias de redención. Los que se apresuran en poner a “El lobo de Wall Street” como una película desmesurada y excesivamente lúbrica, se equivocan en grande.

Scorsese nos muestra las parrandas y escarceos narcóticos como descensos al Infierno en clave casi documental, como efectivamente ocurría en el viaje mundano de Henry Hill en “Buenos muchachos”, pero lo que de veras nos quiere decir Scorsese es algo que alguna vez mencionó en una entrevista: sus películas son historias morales en donde los malos siempre reciben castigo. Y ese castigo, esa limpieza espiritual, solo se da a través del bautismo, ya sea de fuego como el que recibe Howard Hughes al estrellar su avión en “El aviador” o Sam Rothstein al estallar su auto en “Casino”; o bien por medio del bautismo de sangre como en “Taxi driver”, “El toro salvaje” o en “Los infiltrados”. En “El lobo de Wall Street”, por cierto, el bautismo es mediante el agua, no muy distinto al que vemos al final de “Cabo de miedo”: una embarcación hundida termina despertando del letargo moral al protagonista que renace limpio bajo los acordes del “Gloria” de Umberto Tozi.

A Jordan Belfort lo vemos en plan de teleevangelista predicando entre “fucks” al por mayor las bondades del sistema. Estos rituales desencadenan un éxtasis casi religioso y nos es forzoso reconocer en sus discursos una postura casi crística, postura que también comparte con Jake LaMotta cuando es “bautizado” por Sugar Ray en “El Toro Salvaje”; o David Carradine en su crucifixión-castigo al final en “Boxcar Bertha”; o Nicolas Cage en clave Pietà al final de “Al límite” y claro, también el mismísimo Jesús al comienzo de “La última tentación de Cristo”.

Pero no nos engañemos. Scorsese mira a sus personajes sin juzgarlos pero al final les sonríe con ternura y algo de malicia. Henry Hill vivirá protegido por el FBI el resto de su vida, pero se lamenta de no ser más un wiseguy y nos cuenta al final que extraña la buena vida, en donde era tratado como estrella de cine. Al igual que Las Vegas en “Casino”, Wall Street también tiene algo de autolavado de la moral: los espectadores al final, sabemos que Jordan Belford no tiene remedio y aunque la redención llega con el bautismo, el costado más perverso de la cinta aparece. Scorsese nos muestra en la última escena a un Jordan Beldorf listo para las andadas, en versión ligera, pasteurizada y homogeneizada, pero con el mismo peligroso potencial para repetir toda su delirante historia.

“Esto es América”, dice Jordan Belfort y lo cierto es que todas las películas de Scorsese vistas en su conjunto son un descarnado grito que presenta las vergüenzas del país más poderoso desde la nostalgia y del cinismo más deslumbrante.

Bonus:

Pueden escuchar aquí el maravilloso soundtrack de “El lobo de Wall Street” (Vía @ChinoPinto).

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