Christopher Nolan: Una odisea más allá del espacio.

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Christopher Nolan debe ser el cineasta que más expectativa genera con cada película que hace. Cada tráiler de su producción más reciente es siempre un pequeño deleite que genera muchas discusiones hasta poco antes del estreno. Eso es quizá lo mejor que se puede esperar, ya que, de un tiempo a esta parte, los comentarios posteriores al estreno de sus admiradores más rendidos  son indudablemente unánimes y monocordes. Lo sé porque yo también soy un fan irredento del cine de Nolan.

Por eso estaba un poco preocupado por Interstellar. A decir verdad, lo estaba ya desde el estreno de El caballero de la noche. Lo que pensé allá en el 2008 era muy simple: “Ahora, ¿qué más va a dirigir este señor?” La semana pasada, al salir del cine luego de ver Interstellar, volví a pensar lo mismo.

I

Por supuesto que me encantó Interstellar. Es un espectáculo grandioso. Nolan entiende mejor que nadie el sentido del cine como un gran show de escapismo. Y absolutamente nada es más importante que eso. Sus películas siguen siendo imán de taquilla porque el director comprende a la perfección la esencia del cine en sí mismo. Por eso, cada escena en la Tierra y en el espacio sideral tiene la magnitud de un choque potente que te descorazona sin piedad y eso se agradece. La música de Hans Zimmer se engrana con perfección al montaje trepidante que, como siempre, no tiene piedad del espectador lego que tendrá que completar los espacios en blanco que el director deja a voluntad; los efectos especiales miran al espacio y a sus dimensiones, científicas o no, con respeto y cierto realismo que permite que la ficción conmueva. El director se revela ya como un notable director de actores; su reparto luminoso, oscarizado y oscarizable, siempre se esfuerza por mostrar un filo más naturalista que convierte a sus personajes en seres memorables y más complejos que el promedio. En Interstellar vuelven a aparecer esas jugarretas narrativas que tanto entusiasman a su director y ciertamente a sus fans. Están las elipsis que esconden datos que el espectador jamás sabrá pero que intuye bien, como las causas del desastre que tiene al mundo sometido a las tormentas de polvo, así como la misteriosa intervención de “ellos” que salvan al protagonista y a toda la humanidad. Estás elipsis son también datos extras que expanden la significación, como intuir el pasado que apenas atisbamos del personaje de Robin Williams en Insomnia, o conocer que los militares usaban los sueños compartidos para el entrenamiento de sus soldados en Inception. La ciencia juega un papel importante en buena parte de la filmografía de Nolan, y a él le encantan los discursos técnicos y científicamente didácticos: allí está como muestra la cháchara astronómica explicando la seriedad de la cercanía de un planeta a un agujero negro, lo cual no es muy diferente a apreciar la explicación de los mecanismos del mundo onírico en Inception o percibir que Batman es por momentos más científico que detective o recibir un voltaje geek con la gloriosa aparición de Nikolai Tesla (un arrollador David Bowie) en El gran truco.

A Nolan le creemos todo, es el mejor de todos los embaucadores de su generación–esa clase de artistas al que le crees sus mentiras–. Su cine a estas alturas ya pasó al acto del prestige y sabemos que allí en la oscuridad de la sala veremos algo especial que no esperamos, algo que de veras va a sorprendernos. Sí, Nolan lo hizo de nuevo, nos embarcó a todos en una aventura gozosa de pretensiones humanistas con delirios tecnológicos y cósmicos que aspiran a la trascendencia.

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Bueno, no exactamente.

II

Les dije al comienzo que estaba preocupado porque en serio necesitamos buenos cineastas. El cine norteamericano es un páramo estéril como el planeta moribundo de la película y necesitamos buenos artesanos que nos transporten tan lejos como la ficción nos pueda llevar. Hay demasiada realidad que dejar atrás y no podemos darnos el lujo de perder un arte tan joven que a veces parece haberse quedado sin ideas. Felizmente, mientras más lo pensaba después de ver Interstellar, al final se disiparon todas mis inquietudes. No todo es tan desolador. Hay una saludable generación de recambio en gente como Paul Thomas Anderson, Alexander Payne o David Fincher por mencionar a algunos autores que ven el cine con anhelos mayores. Su cine será referencia de los tiempos que vendrán, qué duda cabe. ¿Y Nolan? Yo creo que él es otra clase de director, no solo un hábil embaucador, sino también un eficiente artesano. El cine de Nolan está más emparentado al de Paul Greengrass o Michael Mann y eso es fácil de notar en sus fastuosas puestas en escena. Nolan no es un cineasta alimentado por la cinefilia, como Scorsese, ni un maniático demiurgo como Coppola, ni un exorcista personal como Allen, ni un reciclador como Tarantino o Burton. El buen Christopher Nolan es un director de la forma, del virtuosismo y del espectáculo glorioso. No pretende ser un autor como Lynch o Cronemberg; es un eficiente formalista al que incluso diría que le falta aún su obra maestra, su película más acabada y definitiva.

El problema de Nolan no es Nolan, somos nosotros. Es decir, los fans que en los dos años que pasan entre el estreno de sus películas nos dedicamos a ponerlo en la cima de un Olimpo al que él nunca aspiraría. Cada película nueva de Nolan viene acompañada de disquisiciones frikis muy seductoras pero que solo trasladan a su director a un lugar equívoco. Creo que es como si en los años cincuenta alguien hubiera puesto en el mismo espacio a la prodigiosa virtud técnica de El Manto Sagrado de Henry Koster junto a la arrolladora genialidad de Sunset Boulevard de Billy Wilder.

¿Es Christopher Nolan un director pretencioso? Yo creo que no. Al menos, no en un sentido negativo. Yo no creo que él sea más solemne de lo que muchos le endilgan. Definitivamente no basta con dejar que Hans Zimmer componga la banda sonora para decir que tu cine tiene aires de grandeza. En las entrevistas que da, Nolan siempre define sus películas desde espacios muy pomposos, pero no es diferente a lo que otros directores mencionan de sus trabajos, por más olvidables que sean. Todos creerán siempre que sus hijos son los mejores y que llegarán más lejos que nadie. Además hay tres cuestiones que a estas alturas ya es sencillo definir con claridad: ¿Es Nolan un director obsesivo? A ver, el día que se demore cuatro años en un rodaje planificado para nueve semanas y tenga que vender su alma a todos los diablos para estrenar su película como lo hizo Hughes, Coppola o Kubrick, entonces y solo entonces podremos decir que Nolan es un director obsesivo. ¿Se pueden rastrear temas recurrentes en su todavía breve filmografía? No me vengan con eso de la memoria, los sueños y lo “psicológico” de sus películas, en serio. Solo el visionario ejecutivo de la Warner que debió proponer su nombre para dirigir Batman inicia se dio cuenta que lo mejor de Nolan no era el discurso sino lo especialmente novedoso y fascinante de su estilo. ¿Tiene deudas cinéfilas pendientes en su obra? Nolan, consciente o no de ello, no quiere parecerse a nadie; por eso quizá su cine fascina por su aparente luminosidad, pero los fuegos de artificio no son nuevos. Nolan quiere ser, y de eso no me cabe duda, el cineasta de la posmodernidad, el hombre de los discursos al que aún, insisto, le falta el trabajo definitivo. Quiere ser Hemingway en un mundo donde sus fans creen que es Joyce. Aunque sería injusto decir que en su cine no hay un filo fresco y renovador. Formalista como es, Nolan es lo suficiente arriesgado como para coger una pesada cámara Imax y filmar con ella una película de Batman. Parece más bien que él es el que está dejando precedentes.

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Nolan no es pretencioso, pero sus fans, vaya que sí lo somos.

III

No sé qué es lo que hará Christopher Nolan en el futuro. Quizá lo mejor de su cine es que se está haciendo imprevisible. Si después de ver Memento alguien me hubiera dicho que Nolan iba a estar a cargo de la dirección de tres películas de Batman, simplemente no lo hubiese creído. Recuerdo mi incomodidad particular que tuve al conocer que una de sus películas se llamaría Insomnia y pensé que era muy tonto ponerle un título así a tu película si antes dirigiste una llamada Memento. Creía por entonces que Nolan correría la misma suerte de M. Night Shyamalan. En fin, todo cambió, creo que al igual que para muchos, cuando se estrenó El caballero de la noche. Creo que si el buen Nolan se decide a sentarse a escribir, con su hermano o no, esa película decisiva, definitivamente podría dar el gran salto. Tengo un particular entusiasmo por ver otro guion adaptado a su particular entendimiento del cine como expresión totalizante; me encantaría que dirija una película histórica o un drama minimalista basado en un hecho real, me gustaría que suelte por un momento el rollo científico-técnico y cambie radicalmente de género. Dudo que los estudios se lo permitan, Nolan es hoy el amo del calabozo, ídolo de todos los nerds que lo admiramos; sus películas son ya objetos de colección que se diseccionan y se vuelven a ensamblar en ensayos, infografías, memes y frases que forman parte del vocabulario tanto friki como cotidiano. Su cine es un evento de Comic Con pero con el prestigio del espectáculo de masas que se hace acreedor a varias nominaciones y premios. No está nada mal, sin duda. Tenemos por lo menos dos años para seguir entusiasmados hasta el estreno de su próxima película.

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