Juan Gelman (1930-2014)

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Lo primero que supe alguna vez acerca de Juan Gelman no fue su maravillosa poesía, sino su resistencia casi sobrehumana ante el dolor y la desolación. Sus trágicas pérdidas personales y la búsqueda incansable de esa esperanza personificada en esa nieta extraviada te derriban el espíritu con un fuerte manazo de consciencia. Así es la barbaridad, pues, no hay que olvidarla. La vida destrozada para siempre de su hijo y su nuera son un llamado de atención a la memoria. Sus poemas, por cierto, también nos lo recuerdan todo el tiempo. Dicen sus biógrafos que el poeta ganador del premio Juan Rulfo, el Neruda, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Cervantes nunca escribió desde el odio, quizás en sus poemas transformó todo eso en ternura, sarcasmo y melancolía.

Me atrevo a pensar que antes de morir, Juan Gelman debió pensar brevemente en todo aquello que sobrevivió y tal vez se sintió tranquilo de haberlo hecho bien.

Les dejo aquí la carta que el poeta escribió en 1995 a esa nieta (o nieto) que no conocía, pero que buscó sin descanso por más de 20 años:

Dentro de seis meses cumplirás 19 años. Habrás nacido algún día de octubre de 1976 en un campo de concentración. Poco antes o después de tu nacimiento, el mismo mes y año, asesinaron a tu padre de un tiro en la nuca disparado a menos de medio metro de distancia. Él estaba inerme y lo asesinó un comando militar, tal vez el mismo que lo secuestró con tu madre el 24 de agosto en Buenos Aires y los llevó al campo de concentración Automotores Orletti que funcionaba en pleno Floresta y los militares habían bautizado “El Jardín”.

Tu padre se llamaba Marcelo. Tu madre Claudia. Los dos tenían 20 años y vos, siete meses en el vientre materno cuando eso ocurrió. A ella la trasladaron -y a vos en ella- cuando estuvo a punto de parir. Debe haber dado a luz solita, bajo la mirada de algún médico cómplice de la dictadura militar. Te sacaron entonces de su lado y fuiste a parar -así era casi siempre- a manos de una pareja estéril de marido militar o policía, o juez, o periodista amigo de policía o militar.

Había entonces una lista de espera siniestra para cada campo de concentración: los anotados esperaban quedarse con el hijo robado a las prisioneras que parían y, con alguna excepción, eran asesinadas inmediatamente después. Han pasado 12 años desde que los militares dejaron el gobierno y nada se sabe de tu madre. En cambio, en un tambor de grasa de 200 litros que los militares rellenaron de cemento y arena y arrojaron al río San Fernando, se encontraron los restos de tu padre 13 años después. Está enterrado en La Tablada. Al menos hay con él esa certeza.

Me resulta muy extraño hablarte de mis hijos como tus padres que no fueron. No sé si sos varón o mujer. Sé que naciste. Me lo aseguró el padre Fiorello Cavalli, de la Secretaría de Estado del Vaticano, en febrero de 1978. Desde entonces me pregunto cuál ha sido tu destino. Me asaltan ideas contrarias.

Por un lado, siempre me repugnó la posibilidad de que llamaras “papá” a un militar o policía ladrón de vos, o a un amigo de los asesinos de tus padres. Por otro lado, siempre quise que, cualquiera hubiese sido el hogar al que fuiste a parar, te criaran y educaran bien y te quisieran mucho. Sin embargo, nunca dejé de pensar que, aun así, algún agujero o falla tenía que haber en el amor que te tuvieran, no tanto porque tus padres de hoy no son biológicos -como se dice-, sino por el hecho de que alguna conciencia tendrán ellos de tu historia y la falsificaron. Imagino que te han mentido mucho.

También pensé todos estos años en qué hacer si te encontraba: si arrancarte del hogar que tenías o hablar con tus padres adoptivos para establecer un acuerdo que me permitiera verte y acompañarte, siempre sobre la base de que supieras vos quién eras y de donde venías. El dilema se reiteraba cada vez -y fueron varias- que asomaba la posibilidad de que las Abuelas de Plaza de Mayo te hubieran encontrado. Se reiteraba de manera diferente, según tu edad en cada momento.

Me preocupaba que fueras demasiado chico o chica – por no ser suficientemente chico o chica- para entender por qué no eran tus padres los que creías tus padres y a lo mejor querías como a padres. Me preocupaba que padecieras así una doble herida, una suerte de hachazo en el tejido de tu subjetividad en formación. Pero ahora sos grande. Podés enterarte de quién sos y decidir después que hacer con lo que fuiste. Ahí están las Abuelas y su banco de datos sanguíneos que permiten determinar con precisión científica el origen de hijos de desaparecidos. Tu origen.

Ahora tenes casi la edad de tus padres cuando los mataron y pronto serás mayor que ellos. Ellos se quedaron en los 20 años para siempre. Soñaban mucho como vos y con un mundo mas habitable para vos. Me gustaría hablarte de ellos y que me hables de vos. Para reconocer en vos a mi hijo y para que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de él. Para reparar de algún modo ese corte brutal o silencio que en la carne de la familia perpetró la dictadura militar. Para darte tu historia, no para apartarte de lo que no te quieras apartar. Ya sos grande, dije.

Los sueños de Marcelo y Claudia no se han cumplido todavía. Menos vos, que naciste y estás quién sabe dónde ni con quién. Tal vez tengas los ojos verdegrises de mi hijo o los ojos color castaño de su mujer, que poseían un brillo muy especial y tierno y pícaro. Quién sabe cómo serás si sos varón. Quién sabe como serás si sos mujer. A lo mejor podés salir de ese misterio para entrar en otro: el del encuentro con un abuelo que te espera.

El 31 de marzo de 2000, Juan Gelman reencontró por fin a su nieta. Tenía 23 años, se llamaba María Macarena.

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César Vallejo para todos

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Hay que leer a Vallejo tantas veces. Ya no se trata ni siquiera de repasar sus poemas más conocidos ni recordar de qué trataba Paco Yunque. Hay que leer a Vallejo. Deslumbrarnos con las figuras visuales de Los Heraldos Negros o perdernos para siempre en ese libro infinito que es Trilce. En fin, César Vallejo es nuestro poeta más conocido y nuestro escritor más importante por razones que ya casi son perogrulladas.

Esto viene a cuenta debido a la reciente reedición de la poesía y narrativa completa del autor de Poemas humanos por parte de Ediciones Copé, la maravillosa iniciativa cultural del Departamento de Relaciones Corporativas de esa monstruosa entidad estatal que es Petroperú. Se trata de dos sendos y muy cuidados volúmenes que agrupan toda la producción de Vallejo en verso y en prosa; editada, revisada y profusamente anotada por Ricardo González Vigil. Desde hace una semana que los estoy leyendo y es difícl permanecer entero luego de leer algunos de sus versos. Ya nada es lo mismo, Vallejo quiebra todo lo que te sostiene sin ninguna conmiseración.

Lo notable de esta edición es que un trabajo realmente asequible para todo el público. Se trata de una edición que, lejos de ser exegética y recargada de anotaciones, se presenta como una buena alternativa para cualquier primer acercamiento a Vallejo, ya sea de parte de escolares o de cualquier adulto lego en temas literarios. Los lectores que prefieren un acercamiento más profundo y totalizante a la obra de Vallejo pueden revisar los catorce volúmenes de su obra completa editado por el Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Hay que leer a Vallejo. Si no lo has hecho, escucha a Cherman que arriba ilustra este post.

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César Vallejo, poesía completa (2012).
Segunda edición actualizada y aumentada. Prólogo y notas de Ricardo González Vigil.
Ediciones Copé, Lima.

César Vallejo, narrativa completa (2012).
Segunda edición actualizada y aumentada. Prólogo y notas de Ricardo González Vigil.
Ediciones Copé, Lima.

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“Ecce Homo” Superstar

Si yo fuera el nieto de Cecilia Giménez, no me cansaría jamás de escuchar todo el día, durante toda mi vida, cada una de sus primorosas excusas enmarcadas por sus culposos pucheros de viejecita agradable. Sería feliz consolando a mi abuelita restauradora mientras ella se reprocha hasta las lágrimas por su gran pecado.

Cecilia Giménez, artista bisoña, devota católica y mujer bienintencionada. Es una verdadera lástima que Luis Buñuel ya no esté con nosotros. Hubiera llorado de emoción ante una historia tan conmovedora y de seguro hubiera filmado una de sus mejores películas con este argumento.

Lo mejor de todo este despróposito es que podemos reflexionar brevemente acerca de la fugacidad de lo material, las buenas intenciones que terminan degenerando desastres y tragedias pero sobre todo, la delgada línea que separa al arte del adefesio:

Eso que nos encanta llamar “furor en las redes sociales” se encargó de elevar a la categoría de leyenda la chapuza de doña Cecilia, para desgracia de sus ya colapsados nervios, que no pueden soportar un día más de culpa por el tremendo pecado cometido. Tal vez si alguien le dijera a doña Cecilia que, desde el miércoles pasado, la vida de cientos de miles de personas es un poco más feliz gracias a su involuntaria ocurrencia y que ha entrado con toda pompa a la Historia de la Internet, posiblemente tomaría con mejor humor todo este lamentable incidente.

Este es mi favorito:

Insisto en que doña Cecilia Giménez debe saber que el mundo la quiere de veras. Miles de personas ya han firmado para que el Ecce Homo se quede tal como está. Yo me uno a ese pedido.

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Esto no salió como estaba planeado

La esencia de la vida puede llegar a simplificarse a veces en momentos deliciosos, únicos e irrepetibles. La Internet, esa serie de tubos llenos de gatos, siempre nos tendrá preparada una maravillosa instantánea que resume el sentido de la condición humana en esa fotografía que el incosciente colectivo mundial convertirá en una evocación de nuestro hedonismo más febril. Porque nada es más gracioso que un gato con el ceño fruncido y mirada diabólicamente maliciosa.

(vía 9gag)

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Chris Marker (1921-2012)

Artista polifacético y cineasta experimental e inconoclasta, Christian-François Bouche-Villeneuve, conocido por todos como Chris Marker, falleció el domingo pasado a los 91 años. Sus películas de corte documental son la cosa más átipica, personal y estilizada que haya visto alguna vez. No pocos descubrimos su genialidad con La Jetée, corto de ciencia ficción en el que se basó a su vez  12 monos, quizás la mejor película del ahora irregular Terry Gilliam. Ricardo Bedoya en su blog Páginas del diario de Satán, nos comenta:

Muere Chris Marker, el misterioso y solitario realizador francés, autor de películas formidables como “La jetée”, “Sans soleil”, “Le fond de l’air est rouge”, “A.K.”. […] El de Marker es un cine-ensayo.

La nota de ayer sobre su muerte en El País, también nos dice:

Marker era esencialmente un director de cine, al que la Cinemateca Francesa atribuye la creación del “documental subjetivo”, una forma de cine en el que el texto resulta tan importante o más que la imagen. Pero este espíritu curioso e infatigable era también un novelista, poeta, filósofo, crítico, fotógrafo o artista multimedia que hasta casi el final de sus nueve décadas de vida seguía explorando las posibilidades artísticas de medios tan dispares como los mundos virtuales de Second Life o Youtube. 

A prósito de posibilidades que nos ofrecen los mundos virtuales, es posible hallar buena parte de su obra en Internet. Aquí los dejo con cortometraje La Jetée de 1962. Esta película es, sin exagerar, uno de los momentos más bellos de toda la historia del cine:

También pueden ver aquí su maravilloso documental Sans Soleil.

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La violencia, el asco y la vergüenza

En julio, un cielo nocturno despejado sobre Lima es muy raro. Tan inusual como el concepto de justicia en el Perú. Pero ahí estaba, el lunes por la noche, a pesar del viento frío, una tímida pero brillante luna creciente que iluminaba el Paseo de los Héroes Navales. Yo estaba al frente esperando tontamente a que dejen de pasar los carros en la pista frente al Hotel Sheraton. Algunos más se acercaron con la esperanza de poder cruzar, suponiendo inútilmente que los vehículos, que venían a alta velocidad, se detengan o que los dejen pasar por un momento. Creo que entre el grupo había una conocida conductora de televisión a quien a veces leo por Twitter, pero no estoy seguro. Cuando finalmente logramos cruzar, apurados, a trompicones, desdeñosos de ignorar adrede las reglas de tránsito, hasta la berma central, enorme y primorosamente cuidada, es en ese momento en que diviso el Palacio de Justicia en toda su dimensión, y a las personas que allí están reunidas.

No es la primera vez que estoy aquí. Recuerdo este lugar, a los manifestantes y sus consignas. Hace mucho tiempo que no veía a estas personas. Entre los monumentos de las águilas con las alas batientes, los congregados al plantón estaban amontonados por toda la alameda. Era posible distinguir algunos grupos aislados, otras personas miraban curiosas desde atrás; pero mientras más avanzaba, podía distinguir con facilidad los gritos y los cánticos de las personas más cohesionadas y más unidas de todo el gentío: Eran los familiares de las víctimas. Delante de ellos, casi llegando al borde de la pista que está frente al Palacio de Justicia, una veintena de reporteros tomaban fotografías y filmaban videos mientras se empujaban con sus cámaras y renegaban buscando el mejor espacio y la mejor toma de un grupo de activistas de Derechos Humanos lavando algunas banderas en unas tinas de colores, mientras las colgaban en un improvisado tendedero móvil.

Me alegró ver a las mismas personas maravillosas que han descubierto que es posible aún tener una sensibilidad particular, un salvoconducto de ideales que te convertirte en un ser humano. Personas como Rocío Silva Santistevan, Víctor Delfín, Francisco Soberón, Daniel F, Álvaro Portales o Nelson Manrique. Me gustó ver a los dirigentes sindicales de siempre, que a veces dan la impresión que son los únicos que protestan, solo porque nadie más quiere hacerlo. Me conmovió, sobre todo, ver a los familiares de las victimas del grupo Colina, indignados todos, los más asediados por las prensa, los que permanecían siempre juntos, apelotonados, cubiertos por las enormes y gruesas pancartas, casi como acurrucándose para protegerse entre sí. Allí estaban, arengando con fuerza, sin pizca de cansancio. No parecía que hubiesen estado gritando desde hace casi dos horas.

Me molestaba, eso sí, que no hubiese más gente. ¿Cuánta gente había ese día? Menos de mil personas, tal vez rayando el medio millar, en un cálculo muy conservador. Además de los familiares de las víctimas, los sindicalistas y los activistas de DDHH, era posible notar a algunas delegaciones reducidas de universidades, como San Marcos; el resto eran personas que, como yo, habían asistido en forma libre y personal. ¿Dónde estaban los demás? ¿Por qué la gente no asistía a protestar ante un hecho tan vergonzoso, inmoral y destructivo? ¿Por qué en los comentarios en las redes sociales se sigue calificando de terroristas a las víctimas del grupo Colina? ¿Por qué los canales de televisión notificaron al vuelo, reseñaron desdeñosamente o simplemente no informaron sobre el plantón convocado para ayer lunes?

Ya son las ocho, la gente se despide y poco a poco los manifestantes se retiran. La mayoría en grupos. Es el Centro de Lima, después de todo. De entre el grupo de familiares no es me es difícil distinguir a Gisela Ortiz, hermana de Enrique Ortiz, uno de los nueve estudiantes asesinados en la universidad “La Cantuta”. Su conmovedor discurso me golpeó las tripas. Me acerqué a ella y con cierto nerviosismo, le expresé mi saludo. Le dije, entre torpes tartamudeos, que lamentaba lo que estaba ocurriendo, que me gustó lo que dijo a la multitud reunida, que me solidarizaba con ella, que muchísima gente la apoyaba en muchos lugares y que podía estar segura de que esta tragedia pestífera, de alguna forma u otra, tendría un buen final. Ella me miraba con una sonrisa calmada, con unos ojos que reflejaban una serenidad que casi asustaba, mientras asentía con tranquilidad ante lo que decía. Estreché su mano al final para despedirme y durante muchos minutos después, me quedé pensando en cómo podía alguien sobrevivir a lo que ella ha sobrevivido, cómo logra ella sobrellevar el dolor, como tiene fuerza para seguir luchando. Yo creo que no podría hacerlo. No lo sé.

Fotos: Rocío Trigoso Barentzen y Sara Zegarra Mariños
Vídeo: La Mula

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“Sin City” se publica en el Perú con serios errores ortográficos

Frank Miller, el autor de 300, Batman: Año uno y El regreso del Caballero de la Noche, publicó a inicios de los noventa el cómic que es para muchos su última gran obra: Sin City. El cómic es todo un deleite visual, una remembranza y puesta al día de la novela negra y del pulp. Fue adaptada al cine por el impredecible Robert Rodríguez en el 2005.

Las buenas noticias se ven, a la distancia, irreprochables: Hace un par de meses se anunció la publicación en Lima de Sin City; gran noticia que se suma a una saludable y bulliciosa publicación de otros títulos, como las historietas de Marvel y DC que edita el diario Perú.21 desde el 2008 y desde hace un mes, la Editorial Vuk que trae al Perú The walking dead y Hellboy. El gran día, pues, llegó el jueves 12 de julio cuando el primer número de Sin City, perteneciente la serie “El largo adiós”, salió a la venta en todo Lima.

Lo cual nos trae al penoso drama del día de hoy.

Sin City es una notable y cautivante historia. Narrada con brío e ilustrada con genialidad, nos muestra el talento incuestionable de Frank Miller. Como irreprochable también es la cuidadosa impresión y la adecuada traducción de parte de Editorial SketchBoy, el grupo de jóvenes voluntariosos que llevan a cabo esta maravillosa empresa que es la editar un cómic del prestigio de Sin City a un precio muy asequible. Lo que lamentablemente sí es imperdonable en esta primera edición es el descuido y la omisión de las tildes y otros gazapos ortográficos que se suceden en todas las páginas del cómic. Sí, eso dije: En TODAS las páginas. No puedo, desde hace dos días, releer y hojear la revista sin dejar de incomodarme y fastidiarme al recordar que no existe una sola página sin graves y muy notorias omisiones de tildes:

Podría seguir con los pantallazos, pero creo que lo mostrado no deja lugar a dudas: Desde la misma contraportada con el título de la serie hasta la vergonzosa e inexcusable contracubierta publicitaria que omite tildes y signos de apertura de interrogación y admiración, se observa el descuido general en la ortografía que desmerece muchísimo el muy destacable esfuerzo de la Editorial SketchBoy y trasluce la carencia de un imprescindible corrector que supervise la redacción final de la edición.

No se trata de ser un grammar nazi, lo que se trata aquí es de apoyar el esfuerzo y agradecer la dedicación de Editorial SketchBoy en difundir a todos los públicos una historia muy bien contada, pero advirtiendo que debe publicarse siempre en el soporte más adecuado y cuidando siempre la correcta escritura. Los cómics que Perú.21 publica –traducidos todos en España– llevan casi doscientos ejemplares sin mostrar un solo gazapo en su redacción. La ortografía no es un asunto menor y deleznable, por eso molesta un poco la explicación que la misma empresa ha publicado el mismo jueves ante la queja de no pocos lectores:

Disculpen, chicos de SketckBoy, pero esa explicación es difícil de creer. El problema no se limita a algunas erratas en la escritura, sino a la omisión de las tildes en muchas palabras que se advierte en todas las páginas. Como vemos en la siguiente imagen, el tipo de letra no afecta la visión de las tildes que algunas palabras sí llevan. Además, es evidente el descuido en el caso de los diacríticos (que el autocorrector de cualquier procesador de textos no corregiría) que se nota también hasta en dos oportunidades.

Yo, en lo personal, apoyo el esfuerzo de Editorial SketchBoy y seguiré comprando y publicitando el cómic de Sin City, así como todos los que decidan publicar en el futuro; lo único que les pediría humildemente a los jóvenes editores, es que me den la seguridad de recibir por mi dinero un producto de calidad acabado, cuidadosamente corregido y editado. ¿Qué pensarían si fueran a un restaurante y recibieran en su mesa un delicioso y vistoso manjar servido en un plato sucio y maloliente?

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Lágrimas en la lluvia

Yo también quería ser un blade runner. Quería ser un Sam Spade futurista sin oficio ni beneficio, atragantándome de fideos chinos en un puesto ambulante, mirando el futuro vacío y sin emoción. Esperando todo y nada a la vez.

Mi corazón latía rapidísimo cuando escuchaba la voz que decía, en aséptico castellano latino: “A esto no se le llamaba ejecución, se le llamaba retiro” lo escuchaba con esa emoción que solo conoces cuando sabes que algo malo va a pasar después.

De niño, lo único que de verás me atenazaba a esa querida realidad paralela fue siempre el sonido de un spinner recorriendo ese cielo herrumbroso de Los Ángeles (año 2019), mientras mi rostro se iluminaba por las luces infinitas de las imponentes pirámides de la corporación Tyrell.

Yo quería corretear furioso bajo la lluvia ácida, abrigado con un impermeable barato y armado con mi pistola de dos gatillos. Quería recorrer esas calles repletas de personas, olores, vitrinas, humo y grasa. Tal vez con un poco de suerte podía tropezarme con los rabinos, los ciberpunks y los krisnas. Siempre quise uno de esos paraguas luminosos; no hubiese sabido que hacer con ellos aquí en Lima, pero igual siempre quise uno de esos. Cuidado, puedo perder de vista a Zhora, que corre con el miedo enfundado en todo el cuerpo.

Hubiese querido llegar a los límites de la violencia con Roy Batty, golpeándolo y dejándome torturar por él, tal vez sabiendo que no tenía nada que perder; me imaginaba lanzándome por los tejados, solo ante la inmensa geisha que sirve de publicidad y el dirigible que me anunciaba una vida mejor que ya no tendría. Estaba viviendo con miedo, me diría Roy después.

Cuando trabajaba como psicólogo solía aplicar test a mis pacientes. Muchas de estas evaluaciones consistían en pruebas de asociación de palabras con las que medía respuestas y sus tiempos de reacción. Esa era mi prueba de Voight-Kampff. Creo que hasta tuve un paciente que se parecía a León. Evité preguntarle acerca de su madre.

Fue gracias a los replicantes que aprendí (o terminé de confirmar, no lo sé) mi total inapetencia a las fotografías.  Nunca quise ya que me tomen fotos. ¿Con qué objeto? Eso es lo que significa ser esclavo, diría Roy de nuevo. Una casa llena de fotos banales que mostraban esas remembranzas familiares que a la mayoría enternecen, a mí me deprimen profundamente. Pobre del dueño de esas fotos, pensaba. Nunca sabrá que todos sus bonitos recuerdos le pertenecen en realidad a la sobrina de Tyrell.

Pero la verdadera razón por la que quería ser un blade runner, el único motivo por el que me hubiese permitido soñar con ovejas electrónicas es, por supuesto, Rachel. La mujer sin fecha de terminación que me dirá “bésame”  y”te deseo” todas las veces que yo se lo pida.

Adenda: Blade runner, 30 años de busquedad de humanidad. Vía: El País de España.

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Tarantino, un director desencadenado

Hay que seguir cada película de Quentin Tarantino como hace medio siglo hubiésemos seguido cada película de Orson Welles. Los momentos que preceden a admirar sus películas solo son tolerables mientras disponemos de las primeras imágenes que vemos en sus aderezados tráileres. Y felizmente, desde hace un par de días ya están disponibles las primeras imágenes de su nueva película, Django unchained:

Siempre he creído que lo mejor de Tarantino es que le puede leer la mente a cualquier cinéfilo. Lo puede hacer porque sus más finas destrezas como realizador se basan en realidad en ser un descarado reciclador y a la vez un primoroso artesano: Recoge esos restos de películas que podemos reconocer por momentos desde algún oscuro rincón de la memoria y a la vez te deslumbra con sus artificios luminosos tan sangrientos como plagados de emoción que ocurre que también son reconocibles en tantas otras películas baratas que director y espectador han consumido desde niños. Esa es la verdadera magia de su cine. De cualquier cine, en realidad. Las películas de Tarantino están hechas de remiendos y trazadas con los restos de aquello que ya nadie quiere. Solo el director de Reservorir dogs ha logrado convertir ese detrito de cine función doble de media tarde, ese folletín pulp, ese cine blaxpoitation en poderosas piezas que remecen  de vez cuando a ese cansino cine norteamericano que soportamos hoy.

Django unchained se nos muestra desde el avance como un western de lo más funky. Nada podemos decir todavía hasta diciembre, cuando se estrene a nivel mundial, pero Tarantino ya nos regala algunos guiños cinéfilos en el tráiler como en la escena del cártel en la pared pidiendo recompensa nada menos que por Edwin Porter, acusado de “asalto y robo a un tren” o los segundos finales del tráiler cuando apreciamos a Jamie Foxx conversando con el Django original, el granítico Franco Nero.

Como dije, a esperar hasta Navidad.

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Todos queremos a Brigitte Bardot

La mejor Brigitte Bardot no es, muy a su pesar, esa indomable y furibunda anciana que denuncia el exterminio de perros callejeros en la Eurocopa; tampoco es la activista enfurecida que no le desea al rey de España una pronta recuperación si eso significa que continuará cazando elefantes en África; mucho menos esa famosísima ex actriz que, en los delirios de la vejez mal llevada, anuncia que votará por la ultraderechista Marine Le Pen en las elecciones francesas. No. Me temo que la verdadera Briggite Bardot, la que mejor reconocemos quienes no compartimos hoy su clamorosa y cruenta edad, es esa criatura nubil y sexualizada que baila con las piernas en ristre sobre una mesa, destilando un erotismo tan sutil como frenético. Es esa mujer joven y desnuda llenando de inmensas y maravillosas preguntas celestes a Michelle Picolli. Así la queremos y de hecho, así la necesitamos, llena de vida y de calidez francesa.

El lector joven puede descubrirla ahora en todos los soportes disponibles. Aquí quiero compartir ese momento glorioso de 1953 en donde una Brigitte Bardot de diecinueve años se apareció, con bikini floreado y Kirk Douglas de complementos, en la playa privada del hotel Carlton en Cannes, para adornar por la eternidad los hasta entonces aburridos archivos de la revista Life.

Las fotos las encontré aquí.

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