Chespirito para devotos y descreídos

Chaparron-6

Tengo la sospecha de que en los  ochentas veíamos El Chavo del 8 no tanto porque quisiéramos sino porque no había nada más que ver en esos tiempos ya remotos. ¿Fue la falta de opciones lo que lanzó a la cima de la popularidad? No voy a ser injusto ni mezquino con Chespirito, no tanto porque no sea el momento, sino que, después de pensarlo mucho en las últimas horas, me he dado cuenta que hay algunas cosas que bien valen la pena destacar y que parece que no se notan lo suficiente.

Así que este post intentará ser complaciente con los dolidos y melindrosos fans y al mismo tiempo algo desapegado y analítico para ir a tono con los críticos acérrimos de Roberto Gómez Bolaños. Todo está fríamente calculado.

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Nunca desfrute realmente de los programas de Chespirito, en serio. Vaya que lo intenté. De niño veía a mis padres reírse a carcajadas con las ocurrencias del Chavo y por un tiempo intentaba encontrarle la gracia y nada; por ahí uno que otro chispazo, pero nada más. Siempre que podía cambiaba de canal, buscaba alguna serie enlatada gringa o dibujos animados. En la niñez, el Chavo no acompañó mis tardes, ni mis lonches, ni fue parte galopante y decisiva de mi infancia. Como suele suceder en estos casos, todo lo que terminé aprendiendo de él, lo recibí a través de lo que decían en el colegio, en los diarios o en otros programas de televisión. Así terminé asimilando pasivamente frases, personajes, gestos, canciones y escenas enteras. No había escapatoria. A Chespirito lo veías aún si no querías verlo. Tampoco es que le diera demasiada importancia al asunto. Simplemente de niño me gustaban otras cosas. Así de sencillo.

Ya de grande las cosas no fueron muy distintas. Otra vez intentaba ver los programas de Chespirito porque, aparentemente, todo el mundo lo seguía viendo. Mi impresión era la misma, pero ahora ya estaba seguro de varias cosas o por lo menos tenía mis dudas bien definidas.

Por ejemplo, nunca entendí porque siempre se repetían a lo largo de las décadas los mismos guiones, calcando cada parlamento en diferentes capítulos transmitidos durante años. Lo mismo que dijo Kiko antes, ahora lo decía Ñoño o Godinez, y esa frase que antes pronunciaba Don Ramón ahora la repetía la biscabuela o Jaimito, el cartero;  capítulos enteros del Chavo eran reproducidos al calco por los ahora regenerados caquitos en el hotel de don Cecilio. Me sublevaba eso, era un fastidio que no se iba. El disfrute me era negado de nuevo.

Pero lo que me parecía más insufrible del programa del Chavo y de los personajes de Roberto Gómez Bolaños en general, eran los momentos tiernos, sensibleros, almibarados para la gran audiencia. Supongo que eso ya es culpa mía, pero ni modo. Prefería mil veces que los caquitos hubieran seguido robando, o al menos que lo intentaran con torpeza, para ser capturados. Los caquitos redimidos ya no tenían razón de ser. Cuando Chespirito se volvía aleccionador y constructivo, sabía que me estaba perdiendo algo bueno en otro canal. Insisto, el del problema soy yo.

Tampoco me gustaba la broma sencilla, el humor blanco, liviano hasta ser vacío. Cantiflas demostró en sus momentos más gloriosos que la mejor herramienta para el humor en nuestro idioma, era precisamente nuestra lengua. Chespirito se quedaba con el chiste físico y los guiños, por no decir calcos, a Peter Sellers, Jerry Lewis, Groucho o al primer Woody Allen. De ahí no pasaba.

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Antes de que el lector me descalabre los cachetes, me toca ahora reconocer varias cosas. La más obvia, para empezar, es el innegable el talento de Chespirito como guionista y compositor. Su popularidad totalizadora y casi unánime tiene que significar algo. Lograr que tantisisísima gente te quiera debe ser abrumador, pero supongo que también es un gran mérito.

Tal vez Chespirito era un genio, pero uno de esos genios encorsetados que no podían ir más allá de lo que el ojo que todo lo ve de Televisa se lo permitiera. Tengo la impresión de que entre tanta melcocha, había momentos inexplicablemente notables.

En mi opinión, lo mejor que hizo Chespirito en toda su vida fue un episodio del Chapulín Colorado titulado “No se vale mano negra”. Lo volví a ver ahora después de muchos años y es uno de esos recuerdos que se quedan ahí, latiendo en toda tu sensibilidad. La trama del capítulo es delirante hasta la maravilla: Gracias a una torpeza habitual, el Chapulín pierde la mano debido una explosión de dinamita y el médico no tiene más remedio que trasplantarle una mano de bailarina. Lo que sucede después es tan perturbador que durante años no pude pensar en otra cosa. Nada mejor que ese momento grotesco en donde el injerto tiene vida propia y hace movimientos delicados y femeninos ante el pavor y la repulsión del Chapulín, que, más noble que una lechuga, pero machazo al fin y al cabo, no podía admitir la posibilidad de ser “mitad hombre, mitad mujer”, como le adelanta la enfermera, interpretada por Florinda Meza. Siempre creí que el injerto de mano de bailarina del Chapulín era lo menos apropiado para un programa infantil. Era como una versión Cronemberg de Chespirito para el lonche de la tarde.

También salvo de la picota al primer capítulo del Chavo del 8, el más gamberro y menos hipócrita, y tal vez por eso el mejor. Ese episodio del ropavejero, en donde el Chavo llora a grito pelado y en donde no hay nada puro ni cristalino. Ese Chavo era la crítica social que siempre fue, pero también era un pequeño anarquista, un pícaro sucio e irredento. Todos los demás capítulos del Chavo van cuesta abajo, el almíbar empieza a mitigar la inicial acidez hasta sofocarla. Si no  me creen, comparen ese enajenado y brutal primer capítulo con el último.

También tenía gracia Los chifladitos. Sus protagonistas padecían trastornos de la personalidad de juguete, si hasta la Chiripiorca era un síndrome de Tourette apto para todos. Parece incluso que era lo más natural que le salía Chespirito. Se sentía más cómodo con la desorganización intelectual, la falta de lucidez y la condición mental enajenada en donde la realidad era tan inexacta que un mundo propio y peculiar era más estimable. De ese mundo podía surgir un discurso subversivo y de notable incorrección como este (a partir del minuto 2:50):

Es una lástima que, en general, estos momentos siempre fueron mínimos. Los arrebatos de atrevimiento debieron ser engavetados antes del visto bueno de Televisa. Lo más usual era la medianía, el chiste fácil y la repetición hasta el hartazgo. Alguna vez Chespirito dijo que sus programas no eran dirigidos a los niños necesariamente. Lo que hace más reprochable su palidez creativa ochentera. Pero, con todo, millones de personas lo veían cada semana. Por algo será.

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