La violencia, el asco y la vergüenza

En julio, un cielo nocturno despejado sobre Lima es muy raro. Tan inusual como el concepto de justicia en el Perú. Pero ahí estaba, el lunes por la noche, a pesar del viento frío, una tímida pero brillante luna creciente que iluminaba el Paseo de los Héroes Navales. Yo estaba al frente esperando tontamente a que dejen de pasar los carros en la pista frente al Hotel Sheraton. Algunos más se acercaron con la esperanza de poder cruzar, suponiendo inútilmente que los vehículos, que venían a alta velocidad, se detengan o que los dejen pasar por un momento. Creo que entre el grupo había una conocida conductora de televisión a quien a veces leo por Twitter, pero no estoy seguro. Cuando finalmente logramos cruzar, apurados, a trompicones, desdeñosos de ignorar adrede las reglas de tránsito, hasta la berma central, enorme y primorosamente cuidada, es en ese momento en que diviso el Palacio de Justicia en toda su dimensión, y a las personas que allí están reunidas.

No es la primera vez que estoy aquí. Recuerdo este lugar, a los manifestantes y sus consignas. Hace mucho tiempo que no veía a estas personas. Entre los monumentos de las águilas con las alas batientes, los congregados al plantón estaban amontonados por toda la alameda. Era posible distinguir algunos grupos aislados, otras personas miraban curiosas desde atrás; pero mientras más avanzaba, podía distinguir con facilidad los gritos y los cánticos de las personas más cohesionadas y más unidas de todo el gentío: Eran los familiares de las víctimas. Delante de ellos, casi llegando al borde de la pista que está frente al Palacio de Justicia, una veintena de reporteros tomaban fotografías y filmaban videos mientras se empujaban con sus cámaras y renegaban buscando el mejor espacio y la mejor toma de un grupo de activistas de Derechos Humanos lavando algunas banderas en unas tinas de colores, mientras las colgaban en un improvisado tendedero móvil.

Me alegró ver a las mismas personas maravillosas que han descubierto que es posible aún tener una sensibilidad particular, un salvoconducto de ideales que te convertirte en un ser humano. Personas como Rocío Silva Santistevan, Víctor Delfín, Francisco Soberón, Daniel F, Álvaro Portales o Nelson Manrique. Me gustó ver a los dirigentes sindicales de siempre, que a veces dan la impresión que son los únicos que protestan, solo porque nadie más quiere hacerlo. Me conmovió, sobre todo, ver a los familiares de las victimas del grupo Colina, indignados todos, los más asediados por las prensa, los que permanecían siempre juntos, apelotonados, cubiertos por las enormes y gruesas pancartas, casi como acurrucándose para protegerse entre sí. Allí estaban, arengando con fuerza, sin pizca de cansancio. No parecía que hubiesen estado gritando desde hace casi dos horas.

Me molestaba, eso sí, que no hubiese más gente. ¿Cuánta gente había ese día? Menos de mil personas, tal vez rayando el medio millar, en un cálculo muy conservador. Además de los familiares de las víctimas, los sindicalistas y los activistas de DDHH, era posible notar a algunas delegaciones reducidas de universidades, como San Marcos; el resto eran personas que, como yo, habían asistido en forma libre y personal. ¿Dónde estaban los demás? ¿Por qué la gente no asistía a protestar ante un hecho tan vergonzoso, inmoral y destructivo? ¿Por qué en los comentarios en las redes sociales se sigue calificando de terroristas a las víctimas del grupo Colina? ¿Por qué los canales de televisión notificaron al vuelo, reseñaron desdeñosamente o simplemente no informaron sobre el plantón convocado para ayer lunes?

Ya son las ocho, la gente se despide y poco a poco los manifestantes se retiran. La mayoría en grupos. Es el Centro de Lima, después de todo. De entre el grupo de familiares no es me es difícil distinguir a Gisela Ortiz, hermana de Enrique Ortiz, uno de los nueve estudiantes asesinados en la universidad “La Cantuta”. Su conmovedor discurso me golpeó las tripas. Me acerqué a ella y con cierto nerviosismo, le expresé mi saludo. Le dije, entre torpes tartamudeos, que lamentaba lo que estaba ocurriendo, que me gustó lo que dijo a la multitud reunida, que me solidarizaba con ella, que muchísima gente la apoyaba en muchos lugares y que podía estar segura de que esta tragedia pestífera, de alguna forma u otra, tendría un buen final. Ella me miraba con una sonrisa calmada, con unos ojos que reflejaban una serenidad que casi asustaba, mientras asentía con tranquilidad ante lo que decía. Estreché su mano al final para despedirme y durante muchos minutos después, me quedé pensando en cómo podía alguien sobrevivir a lo que ella ha sobrevivido, cómo logra ella sobrellevar el dolor, como tiene fuerza para seguir luchando. Yo creo que no podría hacerlo. No lo sé.

Fotos: Rocío Trigoso Barentzen y Sara Zegarra Mariños
Vídeo: La Mula

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Una respuesta a La violencia, el asco y la vergüenza

  1. dieta dijo:

    ¿Cuántos murieron asesinados por estos individuos sanguinarios? Dicen que entre 24,000 y 36,000, aunque es imposible saberlo. Pero sí se sabe de su crueldad al efectuar sus matanzas: usaron machetes, cuchillos, agua hirviendo, destrozaron cráneos, abrieron vientres. Asesinaron a todo tipo de personas: campesinos, dirigentes, sacerdotes. Aparte de ello se dedicaron a dañar la infraestructura del país ocasionando pérdidas multimillonarias. Lo más común era la voladura de torres de alta tensión, con lo que dejaban a la población sin energía eléctrica.

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