Lágrimas en la lluvia

Yo también quería ser un blade runner. Quería ser un Sam Spade futurista sin oficio ni beneficio, atragantándome de fideos chinos en un puesto ambulante, mirando el futuro vacío y sin emoción. Esperando todo y nada a la vez.

Mi corazón latía rapidísimo cuando escuchaba la voz que decía, en aséptico castellano latino: “A esto no se le llamaba ejecución, se le llamaba retiro” lo escuchaba con esa emoción que solo conoces cuando sabes que algo malo va a pasar después.

De niño, lo único que de verás me atenazaba a esa querida realidad paralela fue siempre el sonido de un spinner recorriendo ese cielo herrumbroso de Los Ángeles (año 2019), mientras mi rostro se iluminaba por las luces infinitas de las imponentes pirámides de la corporación Tyrell.

Yo quería corretear furioso bajo la lluvia ácida, abrigado con un impermeable barato y armado con mi pistola de dos gatillos. Quería recorrer esas calles repletas de personas, olores, vitrinas, humo y grasa. Tal vez con un poco de suerte podía tropezarme con los rabinos, los ciberpunks y los krisnas. Siempre quise uno de esos paraguas luminosos; no hubiese sabido que hacer con ellos aquí en Lima, pero igual siempre quise uno de esos. Cuidado, puedo perder de vista a Zhora, que corre con el miedo enfundado en todo el cuerpo.

Hubiese querido llegar a los límites de la violencia con Roy Batty, golpeándolo y dejándome torturar por él, tal vez sabiendo que no tenía nada que perder; me imaginaba lanzándome por los tejados, solo ante la inmensa geisha que sirve de publicidad y el dirigible que me anunciaba una vida mejor que ya no tendría. Estaba viviendo con miedo, me diría Roy después.

Cuando trabajaba como psicólogo solía aplicar test a mis pacientes. Muchas de estas evaluaciones consistían en pruebas de asociación de palabras con las que medía respuestas y sus tiempos de reacción. Esa era mi prueba de Voight-Kampff. Creo que hasta tuve un paciente que se parecía a León. Evité preguntarle acerca de su madre.

Fue gracias a los replicantes que aprendí (o terminé de confirmar, no lo sé) mi total inapetencia a las fotografías.  Nunca quise ya que me tomen fotos. ¿Con qué objeto? Eso es lo que significa ser esclavo, diría Roy de nuevo. Una casa llena de fotos banales que mostraban esas remembranzas familiares que a la mayoría enternecen, a mí me deprimen profundamente. Pobre del dueño de esas fotos, pensaba. Nunca sabrá que todos sus bonitos recuerdos le pertenecen en realidad a la sobrina de Tyrell.

Pero la verdadera razón por la que quería ser un blade runner, el único motivo por el que me hubiese permitido soñar con ovejas electrónicas es, por supuesto, Rachel. La mujer sin fecha de terminación que me dirá “bésame”  y”te deseo” todas las veces que yo se lo pida.

Adenda: Blade runner, 30 años de busquedad de humanidad. Vía: El País de España.

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Una respuesta a Lágrimas en la lluvia

  1. jesus dijo:

    me gusta el texto que has dedicado a la pelicula mas maravillosa de todos los tiempos

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