El doctor Moureau de North Miami Avenue

Me imagino que a Enrique Gomez de Molina deben haberle notificado sobre su delito posiblemente cuando estaba pensando en poner la cabeza de un conejo en el cuerpo de un avestruz y reemplazar todas sus plumas con las escamas de un tiburón; o a lo mejor cuando empezaba a conjeturar acerca de la posibilidad de arrancarle la cabeza a cientos de miles de hormigas africanas y pegarlas en cada uno de los poros de la piel de un orangután. Sea lo que haya estado pensando este amable sujeto, no cabe la menor duda que ya entró, sin posiblidad de retorno, al parnaso de los obsesivos.

Porque a personas como Gomez de Molina no los ilumina una causa social o moralmente aceptable, pese a su discurso tan correcto sobre la manipulación genética o la extinción de especies en peligro. Lo que él sabe muy bien es que la idea, la sola imagen de un animal eviscerado, mutilado y restaurado mediante la taxidermia usando las partes disecadas de otros animales, la sola idea de crear estas criaturas, es sencillamente fascinante.

Y eso es lo que es una obsesión. Es una idea, un motivo conmovedor y sugestivo que empuja a estas personas a llevar a cabo, a convertir en elementos tangibles, ideas fijas e inamovibles en la mente. Nada es más fuerte que eso.

¿Y cuál fue su delito? Bueno, según todas las fuentes, traer de contrabando animales exóticos para realizar sus esculturas fantásticas de animales híbridos. Tal vez se cansó de lo fácil. Quizás buscó un nuevo reto, a lo mejor se iluminó con formas, colores y texturas imposibles de conseguir con solo disecar y mezclar animales domésticos y ordinarios. Quién sabe.

La sociedad, por supuesto, lo castigará por jugar a ser Dios, por pretender ser un artista que se mira a sí mismo como transgresor y provocador pero que solo es un distraído que no sabe dónde pagar sus impuestos.

En el mes de marzo de este año que recién empieza, este Doctor Moreau aburguesado por el calor de Miami, podría ser condenado a cinco años de cárcel. Allí en la cárcel, no lo duden, recibirá toda clase de cartas de fanáticos y admiradores que se rendirán ante su obra libertaria, sopesará nuevas propuestas de galerías y ofertas cada vez más cuantiosas por el valor de sus esculturas. Pero en la cárcel, y esto es pura especulación mía, tendrá tiempo también para pensar y beneficios penitenciarios para administrar su tiempo libre ejerciendo el oficio que aprendió de su padre.

Y entonces me imagino de nuevo a Gomez de Molina, sentado en un bien iluminado taller de alguna cárcel miamense, acurrucado sobre una mesa de trabajo, los brazos cruzados y las manos manchadas de pintura, pegamento y formaldehído. Lo imagino mirando su último animal intervenido (algún mapache con patas de caballo) y pensando cual debe el siguiente paso lógico, buscando como llevar las cosas al siguiente nivel. De repente todo se vuelve claro y no necesita pensar más. Una sonrisa muy leve, apenas insinuada, aparece en su rostro mientras traslada su vista al amable guardia de su celda, Jim, que lucha inútilmente con sus dedos regordetes, musculosos, de cartílagos muy duros seguramente, por abrir la envoltura de una barra de Snickers.

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