María Schneider (1952-2011)

La semana pasada murió la actriz María Schneider. Dejó este mundo a los 58 años en París, víctima de un fulminante cáncer. El rostro más reciente de María Schneider que sale ahora en los periódicos es el de una fotografía tomada en julio del año pasado, acaso cuando ya padecía la enfermedad. Difícil saberlo. Como muchas actrices malogradas por la crueldad del tiempo, de los grandes estudios, de la indiferencia del público y, en su caso particular, por las drogas y el alcohol, María Schneider no pudo escapar de la sombra de la película que la hizo famosa y que a la vez se convertiría en su pesadilla hasta el final: El último Tango en París.

Cuando leía las noticias de su muerte, me enteré además del profundo resentimiento que María Schneider tenía por la película y por Bernardo Bertolucci, su director. Lo que era entendible, considerando la forma tan violenta en que fue filmada la escena más famosa de la cinta: “Fue una idea de Bertolucci”, recuerda ella en una entrevista del 2007, “y él me dijo lo que tenía que hacer poco antes. Me engañaron. Casi me violaron. Esa escena no estaba prevista. Las lágrimas que se ven en la película son verdaderas”. Yo solo vi la película una sola vez. Hace años. Trato de hacer esfuerzos por recordar algunos diálogos o algunas escenas y una de las que aún se mantiene limpia en mi memoria es esa escena. Y entonces me compadezco de ella, lamento sus miserias posteriores y no pudo menos que irritarme ante la infame crueldad de Bertolucci al encerrar a una hermosa mujer de 19 años en compañía de Marlon Brando en una habitación bellamente fotografiada por Vittorio Storaro.

Pero por otro lado, tal vez María Schneider no se dio cuenta de la dimensión que tenía su enorme personaje en esa película; quizás no logró ser consciente de lo que había creado en los espectadores de todo el mundo a partir de El último tango en París. No se convirtió solo en un corriente objeto sexual momentáneo; tampoco en una actriz maldita depositaria de rabias, miedos frustraciones, demonios y fluidos corporales. María Schneider, con su cabello ensortijado en donde cualquiera podía (desearía) perderse, con sus ojos negros mal maquillados, con sus mejillas tan turgentes como su cuerpo, logro detener el tiempo para siempre en ese piso parisino. Allí, en ese útero protector en donde era posible tocar, paladear casi, la seguridad y la placidez primigenia; pero también la soledad y la obsesión de retener un sueño hasta consumir toda fuerza humana, la ilusión que renace y se vuelve más fuerte a pesar de las circunstancias.

María Schneider además, resumió en cada centímetro de su cuerpo la idea del amor que mejor ha sido retratada en el cine: el amor que se sabe efímero, fugaz, destinado al fracaso y como tal, solo tiene a la intensidad y a la pasión más fuerte como único elemento que la compone. Por eso, El último tango en París, junto a La edad de la inocencia, Antes del amanecer, Lo que queda del día o Los puentes de Madison, forma parte de ese selecto grupo de películas –mal llamadas románticas– que reflexionan sobre el amor.

Así la recordaremos siempre sus agradecidos admiradores, sin pizca de mantequilla:

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