Todos queremos a Brigitte Bardot

La mejor Brigitte Bardot no es, muy a su pesar, esa indomable y furibunda anciana que denuncia el exterminio de perros callejeros en la Eurocopa; tampoco es la activista enfurecida que no le desea al rey de España una pronta recuperación si eso significa que continuará cazando elefantes en África; mucho menos esa famosísima ex actriz que, en los delirios de la vejez mal llevada, anuncia que votará por la ultraderechista Marine Le Pen en las elecciones francesas. No. Me temo que la verdadera Briggite Bardot, la que mejor reconocemos quienes no compartimos hoy su clamorosa y cruenta edad, es esa criatura nubil y sexualizada que baila con las piernas en ristre sobre una mesa, destilando un erotismo tan sutil como frenético. Es esa mujer joven y desnuda llenando de inmensas y maravillosas preguntas celestes a Michelle Picolli. Así la queremos y de hecho, así la necesitamos, llena de vida y de calidez francesa.

El lector joven puede descubrirla ahora en todos los soportes disponibles. Aquí quiero compartir ese momento glorioso de 1953 en donde una Brigitte Bardot de diecinueve años se apareció, con bikini floreado y Kirk Douglas de complementos, en la playa privada del hotel Carlton en Cannes, para adornar por la eternidad los hasta entonces aburridos archivos de la revista Life.

Las fotos las encontré aquí.

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Mirando a Helen Mirren

Después de ver la ceremonia del Óscar, luego de sentirme, otra vez, decepcionado de los premios principales, feliz de ver a Tina Fey una vez más, convencido de la institucionalidad del bótox en Hollywood, conforme con el Óscar que ganó Woody Allen y preguntándome hasta ahora por qué el papel de Malcolm McDowell es tan corto e irrelevante en The Artist, después de todo eso quiero decir, solo me quedan ganas de recordar que tal vez las cosas mejoren y que la vida a veces no tiene que ser siempre tan desconcertante.

Lo que me permite recordar que esta semana vi un video maravilloso en donde las turgentes formas de Helen Mirren en la película experimental Herostratus es la mejor manera de recuperarse luego de ver lo que queda de Angelina Jolie.

Ah, por cierto, con respecto a lo que dije en mi post anterior, lo mejor que he visto es esto.

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Ya basta, Meyl Streep

En un viejo episodio de los Tiny Toons, todos los personajes terminan por algún motivo que ya no recuerdo, trabajando en un lujoso restaurante de Hollywood donde aparecen muchas estrellas como Clint Eastwood, Michael Keaton o Jack Nicholson. En una de las mesas, una aburrida Meryl Streep pide una orden. Luego de lo cual un reflector la ilumina y una voz anuncia con emoción: “la ganadora del premio al mejor pedido en un papel principal”. Luego de lo cual, Meryl Streep recibe, con un sonoro bostezo, un premio más que guarda indolente en su bolso, con los demás.

En serio, ya basta Meryl Streep. Te conozco, te admiro y te quiero como solo lo haría con esas personas a quienes sientes cercanas a pesar de que eres una estrella de Hollywood. Por eso puedo decirte con toda la confianza del mundo que la lección ya está aprendida: Sé que eres una maravillosa actriz, una interprete entusiasmada, entregada, oficiosa, seguidora a pie juntillas del método que hizo de Marlon Brando el actor que fue. Eres hoy la estrella que alguna vez fue en su momento Joan Crawford o Barbara Stanwick, y con toda justicia. Pero últimamente tus gestos son siempre marcados y tu voz se volvió más estentórea para que el espectador más desavisado no deje de prestar atención a tu arrolladora y eficaz actuación. Y es que la actuación hoy en día, incluso para las estrellas tan consolidadas como tú, no debe dejar vestigios de dudas, jamás debe generar ambigüedades en el espectador, siempre debe llevarnos a un solo puerto inamovible e incuestionable. Se olvida Hollywood que la actuación también está formada de gestos mínimos, susurros y silencios que comunican tanto como la exaltación y la histeria; la Meca del cine desecha desde hace un buen tiempo las múltiples lecturas, las interpretaciones variadas y aquellas actuaciones que generan más dudas que certezas.

Por eso no me gustó La Dama de Hierro, película hagiográfica que nos muestra a esa Meryl Streep transformista hasta el exceso. El pesado maquillaje, su impecable acento inglés y sus maneras de Bette Davis le han redituado su decimocuarta nominación al Oscar. Me temo que ella ya dejó de ser la fascinante y convincente mujer que vimos en El francotirador, Manhattan, África mía, Silkwood o en Los puentes de Madison (la mejor de sus actuaciones). Esa actriz ya no existe hoy; los jóvenes solo reconocen a la protagonista de Mamma mia! y El diablo viste a la moda.

Es verdad, Meryl Streep puede virtualmente hacer lo que sea y todo lo que hace lo hace muy bien; y creo que en realidad ese es el problema: Meryl Streep es tan buen actriz, que ya cansa.

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Wislawa Szymborska (1923 – 2012)

La nota del fallecimiento de la ganadora del premio Nobel de Literatura de 1996 la trae el diario El País:

Los que se preguntan para qué sirve el premio Nobel encontraron una respuesta en octubre de 1996. Ese año el secretario de la Academia Sueca nombró a una poeta polaca cuyo apellido todavía estamos aprendiendo a pronunciar. Wislawa Szymborska falleció este miércoles a los 88 años de edad en su casa de Cracovia. Los que suelen dudar del olfato de los académicos de Estocolmo tuvieron que darles la razón cuando leyeron a una autora cuya poesía está hecha de una mezcla de emoción e ironía, metafísica y cotidianidad: “Lee a Jaspers y revistas de mujeres”, escribió en un poema. Un ejemplo: “Alma se tiene a veces. / Nadie la posee sin pausa / y para siempre. / Día tras día, / año tras año / pueden transcurrir sin ella. / A veces solo en el arrobo / y los miedos de la infancia / anida por más tiempo. / A veces nada más en el asombro / de haber envejecido”.

“El poeta de hoy es escéptico e incluso desconfiado”, dijo en su discurso de recepción del galardón, uno de los más breves e irónicos que se recuerdan. “Cuando escribo siempre tengo la sensación de que alguien está detrás de mí haciendo muecas. Por eso huyo, todo lo que puedo, de las grandes palabras”, afirmó también una escritora cuyos versos están llenos de paréntesis que contradicen, retocan y matizan cada una de los términos que va anotando. El resultado es una obra memorable que cabe entera en un tomo de 300 páginas. Cualquier lector la puede encontrar cumplidamente traducida al español en las editoriales Igitur, Hiperión, Alfabia y Lumen. Patxi López, por ejemplo, leyó su poema Nada dos veces en su toma de posesión como lehendakari.

Wislawa Szymborska, un verdadero mito en Polonia, nació el 2 de julio de 1923 en Bnin (Kórnik), cerca de Poznan, pero la mayor parte de su vida transcurrió en Cracovia. Allí pasó sus últimos años, recluida en un piso sin lujo alguno y con aires de vivienda de protección oficial pero en el que nunca faltaban ni los bombones ni el brandy. En él recibía a sus amigos, a sus traductores y a periodistas a los que preguntaba ella para evitar tener que ponerse demasiado seria.

Autora de una decena de libros de poemas, Szymborska repudió los dos que publicó antes de 1957 por demasiado apegados al realismo socialista. A partir de esa fecha —y en títulos como El gran número, Fin y principio, Instante o Aquí, el último que publicó, de 2009— su voz cambió poco. En los últimos años, además, autorizó la traducción de las agudas y desternillantes notas de lecturas que publicó durante 30 años en la prensa polaca y en las que un día hablaba del Mío Cid y otro de un libro sobre jardinería. Ella, que siempre dudaba de todo y cuya expresión favorita era “no sé”, nunca las consideró “prosa seria”. Y eso que respondían a un viejo aviso suyo: “Solo las preguntas un poco ingenuas son verdaderamente profundas”.

Estos son dos de sus maravillosos poemas que a mí particularmente me desencajan totalmente:

Las tres palabras más extrañas

Cuando pronuncio la palabra Futuro,
la primera sílaba pertenece ya al pasado.
Cuando pronuncio la palabra Silencio,
lo destruyo.
Cuando pronuncio la palabra Nada,
creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.

Posibilidades

Prefiero el cine.
Prefiero los gatos.
Prefiero los robles a orillas del Warta.
Prefiero Dickens a Dostoievski.
Prefiero que me guste la gente
a amar a la humanidad.
Prefiero tener a la mano hilo y aguja.
Prefiero no afirmar
que la razón es la culpable de todo.
Prefiero las excepciones.
Prefiero salir antes.
Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.
Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.
Prefiero lo ridículo de escribir poemas
a lo ridículo de no escribirlos.
Prefiero en el amor los aniversarios no exactos
que se celebran todos los días.
Prefiero a los moralistas
que no me prometen nada.
Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.
Prefiero la tierra vestida de civil.
Prefiero los países conquistados a los conquistadores.
Prefiero tener reservas.
Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.
Prefiero los cuentos de Grimm a las primeras planas del periódico.
Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.
Prefiero los perros con la cola sin cortar.
Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.
Prefiero los cajones.
Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado
a muchas otras tampoco mencionadas.
Prefiero el cero solo
al que hace cola en una cifra.
Prefiero el tiempo insectil al estelar.
Prefiero tocar madera.
Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.
Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad
de que el ser tiene su razón.

El lector podrá revisar muchos poemas más de Szymborska en esta antología.

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Tus hermosos ojos

Lo primero que tienes que hacer es poner play:

¿Listo? Muy bien. Hoy solo quiero recordar lo especialmente insensibles que a veces podemos ser; quiero hacer notar nuestra poca capacidad para deternos, estar en silencio, apaciguarnos un rato; quiero tratar de mirar algo con mucha atención y concetrarme en ello. Hoy quiero que el amable lector sienta toda su inferioridad al notar la forma en la que estamos construidos.

O simplemente divertirme con un guiño cinéfilo.

Como sea, sube el volumen y mira con antención cada una de estas maravillosas fotos. Deja que el scroll del mouse avance con lentitud y detente todo el tiempo que puedas en esas textura granulosas, en esos surcos, pliegues, formas caleidoscópicas y alucinantes que pueden tomar el iris.

Las fotografías son de Suren Manvelyan. Vean su catálogo aquí.

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All Star Shakespeare

Estimado Guido Cuadros:

Hace un tiempo leí un comentario tuyo en un post del blog Ciudadano Pop. El artículo, juguetón y multireferencial como siempre, planteaba a los lectores reconocer las imágenes de algunos escritores famosos en la portada de The New Yorker ilustrada por Daniel Clowes. En uno de los párrafos de tu comentario adviertes, con acierto, la identidad de los escritores dibujados. Te cito:

A ver, el del bolso de arriba es Ernest Hemingway (de quien he leído ”Por quién doblan las campanas”, ”El viejo y el mar” y varios cuentos suyos). El del polo rosado de atrás es William Shakespeare (de quien no he leído nada, pues en mi adolescencia leí a Nietzche, y el deploraba a Shakespeare, considerándolo un escritor ramplón y simplón que escribía para el gusto de las masas, -y ya nunca me dieron ganas de leerlo- pero sí he visto representaciones de Romeo y Julieta y otras obras suyas interpretadas por el elenco de Chespirito, las que me gustaron mucho). Los muñequitos también son de Shakespeare y de Mark Twain (yo también hubiera dicho General Sanders a primera vista, pero obviamente ya inferí que todos son escritores, pues están dentro de una librería).

[El resaltado es mío.]

Y allí fue donde me preocupé. En serio. Así me quedé cuando vi ese comentario tuyo sobre Shakespeare.

No me malinterpretes. Debo decirte en principio que me caes muy bien, en serio. Leo tu blog muy seguido y se nota a todas luces que eres una persona sumamente inteligente y juiciosa. Comparto contigo ese gusto por los cómics, la literatura y el cine; me indigno como tú ante la arbitraria pendejada que hizo Perú.21 con The Long Halloween y también me dedico a difundir, aunque no con la regularidad que quisiera, mis gustos, disgustos, fobias y obsesiones través de mi humilde blog.

Por todo eso me sorprende muchísimo que nunca hayas leído a William Shakespeare.

No solo me sorprende que no lo hayas leído sino que lo subvalores y prejuzgues en base a una opinión ajena, por muy válida que esta pueda ser. Y es aquí donde quisiera rebatir amablemente tu sustento para no leer a Shakespeare.

Esta es la razón que esgrimes para no haberlo leído: que Nietzche, supuestamente, deploraba al autor de Romeo y Julieta; lo consideraba, cito tus palabras, “un escritor ramplón y simplón que escribía para el gusto de las masas”. Cabe la posibilidad que Nietzche haya afirmado semejante idea como parte de algún delirante rapto de su demencia producida, quizás, por la sífilis. ¿Quién sabe? Pero una cosa sí es segura: Nietzche menciona directamente a Shakespeare y lo hace en términos muy halagüeños, por ejemplo en Ecce Homo. Aquí, Nietzche menciona la condición dramática de Hamlet en donde algunos han querido ver una premonición de la propia enfermedad que muy pronto habría de apoderarse del autor alemán:

Cuando busco mi fórmula suprema para definir a Shakespeare, siempre encuentro tan sólo la de haber concebido el tipo de César. Algo así no se adivina, se es o no se es. El gran poeta se nutre únicamente de su realidad, hasta tal punto que luego no soporta ya su obra. Cuando he echado una mirada a mi Zaratustra, me pongo después a andar durante media hora de un lado para otro de mi cuarto, incapaz de dominar una insoportable convulsión de sollozos. No conozco lectura más desgarradora que Shakespeare: ¡cuánto tiene que haber sufrido un hombre para necesitar hasta tal grado ser un bufón! ¿Se comprende el Hamlet? No la duda, la certeza es lo que vuelve loco. Pero para sentir así es necesario ser profundo, ser abismo, ser filósofo. Todos nosotros tenemos miedo de la verdad.

Harold Bloom, en su libro Shakespeare: La invención de lo humano, da a entender que Hamlet es un modelo implícito para el libro de Nietzche Hacia una genealogía de la moral. El pensamiento de Nietzsche se usa con la intención de resaltar la dimensión irracional del género humano como catalizador de sus acciones:

La realización más shakesperiana de Nietzsche es puro Hamlet: Sólo podemos encontrar palabras para lo que ya esta muerto en nuestros corazones, de manera que necesariamente hay una especie de desprecio en todo acto del habla (de la razón).

Esta atrevida carta no pretende ser, al menos en su concepción, una seguramente muy enriquecedora polémica. Lo que quiero tratar de decirte, (perdona el atrevimiento) amigo Guido es algo muy simple:

No sabes lo que te estás perdiendo. De verás.

"Ophelia" (1852) de Millais

Y aquí empieza el verdadero propósito de escribirte. Poco podría decir para animarte a leer a Shakespeare, salvo la simple recomendación que te sumerjas en toda la gama de emociones humanas que se suceden a lo largo de sus páginas. Te recomiendo que empieces con las tragedias más brutales como Othelo, Hamlet y Macbeth de las que, te aseguro no saldrás indiferente. Luego puedes darle un repase a Romeo y Julieta y por ahí a sus comedias más conocidas.

En las pocas librerías que tenemos en Lima puedes recurrir sin problemas a toda la bibliografía shakesperiana. Pero te recomiendo especialmente los títulos publicados por la editorial española Cátedra que es pródiga en notas y referencias además de presentarte versiones bilingües de sus obras más importantes, lo que enriquece aún más su lectura.

Shakespeare ha cambiado la manera de concebir a las pasiones humanas, especialmente a las más bajas. Y la influencia monumental del bardo inglés no tiene límites. Alguien dijo alguna vez que Hamlet es, después de Jesús, la figura más citada de la conciencia occidental; nadie le reza, pero tampoco nadie lo rehúye mucho tiempo.

Y es que al final, ¿no es Bruce Wayne un Hamlet en busca de la redención de un padre muerto que busca en todo momento reivindicarse ante él combatiendo a todo criminal, a cada usurpador que le recuerda esa promesa ante el fantasma del padre?

¿Adivina de quién era el busto en la serie de Batman?

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El doctor Moureau de North Miami Avenue

Me imagino que a Enrique Gomez de Molina deben haberle notificado sobre su delito posiblemente cuando estaba pensando en poner la cabeza de un conejo en el cuerpo de un avestruz y reemplazar todas sus plumas con las escamas de un tiburón; o a lo mejor cuando empezaba a conjeturar acerca de la posibilidad de arrancarle la cabeza a cientos de miles de hormigas africanas y pegarlas en cada uno de los poros de la piel de un orangután. Sea lo que haya estado pensando este amable sujeto, no cabe la menor duda que ya entró, sin posiblidad de retorno, al parnaso de los obsesivos.

Porque a personas como Gomez de Molina no los ilumina una causa social o moralmente aceptable, pese a su discurso tan correcto sobre la manipulación genética o la extinción de especies en peligro. Lo que él sabe muy bien es que la idea, la sola imagen de un animal eviscerado, mutilado y restaurado mediante la taxidermia usando las partes disecadas de otros animales, la sola idea de crear estas criaturas, es sencillamente fascinante.

Y eso es lo que es una obsesión. Es una idea, un motivo conmovedor y sugestivo que empuja a estas personas a llevar a cabo, a convertir en elementos tangibles, ideas fijas e inamovibles en la mente. Nada es más fuerte que eso.

¿Y cuál fue su delito? Bueno, según todas las fuentes, traer de contrabando animales exóticos para realizar sus esculturas fantásticas de animales híbridos. Tal vez se cansó de lo fácil. Quizás buscó un nuevo reto, a lo mejor se iluminó con formas, colores y texturas imposibles de conseguir con solo disecar y mezclar animales domésticos y ordinarios. Quién sabe.

La sociedad, por supuesto, lo castigará por jugar a ser Dios, por pretender ser un artista que se mira a sí mismo como transgresor y provocador pero que solo es un distraído que no sabe dónde pagar sus impuestos.

En el mes de marzo de este año que recién empieza, este Doctor Moreau aburguesado por el calor de Miami, podría ser condenado a cinco años de cárcel. Allí en la cárcel, no lo duden, recibirá toda clase de cartas de fanáticos y admiradores que se rendirán ante su obra libertaria, sopesará nuevas propuestas de galerías y ofertas cada vez más cuantiosas por el valor de sus esculturas. Pero en la cárcel, y esto es pura especulación mía, tendrá tiempo también para pensar y beneficios penitenciarios para administrar su tiempo libre ejerciendo el oficio que aprendió de su padre.

Y entonces me imagino de nuevo a Gomez de Molina, sentado en un bien iluminado taller de alguna cárcel miamense, acurrucado sobre una mesa de trabajo, los brazos cruzados y las manos manchadas de pintura, pegamento y formaldehído. Lo imagino mirando su último animal intervenido (algún mapache con patas de caballo) y pensando cual debe el siguiente paso lógico, buscando como llevar las cosas al siguiente nivel. De repente todo se vuelve claro y no necesita pensar más. Una sonrisa muy leve, apenas insinuada, aparece en su rostro mientras traslada su vista al amable guardia de su celda, Jim, que lucha inútilmente con sus dedos regordetes, musculosos, de cartílagos muy duros seguramente, por abrir la envoltura de una barra de Snickers.

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